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4/7/2013 El día del entierro    reseña libros
Alababa por  su gran novela  (Pulitzer, 1921), Edith Warthon (Nueva York, 1862-Saint-Brice-sous Forêt, 1937) fue una escritora que se anticipó a su tiempo tanto en la forma de narrar como en los temas que eligió para su extensa obra.  Cuando en 1907 se instaló en Francia, Edith Warthon era famosa. Fue amiga de Hemingway y de Scott Fizgerald, también  de Jean Cocteau. Henry James había sido su maestro literario, pero no siguió su trayectoria conservadora y criticó, en cambio, con dureza la hipócrita sociedad victoriana.
Era una mujer independiente, una feminista arriesgada que ya en la Gran Guerra recorrió el frente, al parecer en bicicleta, colaborando con la Cruz Roja. Se casó con un banquero doce años mayor que ella, pero se divorció antes de que las numerosas infidelidades de este la precipitaran  a la locura. Tuvo una relación con un periodista bisexual que al mismo tiempo estaba unido sentimentalmente al rajá de Sarawak. De manera que a la hora de escribir, Warthon disponía de un cúmulo de experiencias personales aprovechables para su ficción.
De todo ello hace alarde en esta novela corta (se lee de un tirón), un auténtico thriller psicológico. El día del entierro podría haber sido escrita en la actualidad. Es moderna, utiliza un lenguaje preciso, económico y directo. La acción transcurre en un día y medio y el relato posee una gran intensidad. Warthon es capaz de narrar  con la voz del hombre infiel, del maltratador (en el fondo un  débil) sin renunciar a la voces femeninas de la amante, Bárbara, o de la esposa, Milly.  “¿Crees que no sé cómo se sienten los asesinos? Sé cómo te sientes tú, porque eres un asesino”, le increpa Bárbara.
El lector se encuentra atrapado entre  la culpa y la indefensión del protagonista, un profesor de Universidad llamado Trenham, cuya mujer acaba de morir. Sabía que su marido la engañaba y deseaba dejar de vivir, algo que la misma autora sufrió en carne propia. En  el primer párrafo se muestra amenazante: “Si no la dejas, me tiro por el balcón”.
El  egoísmo y la crueldad del maltratador ponen los pelos de punta. La rapidez con la que se desencadenan los hechos está magistralmente lograda. Y el retrato de  una sociedad en sí misma perversa se hace de dentro afuera.
La escritora penetra en la mente del desequilibrado que demanda  el apoyo  de la amante a la que quiere abandonar, pero que no abandona porque surgen complicaciones inesperadas. Necesita aligerar su propia  culpa compartiéndola en una falsa complicidad.  Esa carga es excesiva para él.
La traducción de Susana Carral es magnífica.


Fuente: Le Monde Diplomatique
  
 
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