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4/5/2013 Una ciudad casi inventada    El Persa sólo para amigos

UNA CIUDAD CASI INVENTADA

 

Hablamos tantas veces del libro que íbamos a hacer juntos, que al final no hubo libro. Nos calentamos demasiado la cabeza. Le dimos muchas vueltas a los personajes y a los lugares de la ciudad que reaparecían en cuanto dábamos rienda suelta a nuestros recuerdos. La imaginación de El Persa para dibujar era equiparable a su imaginación para escribir . Así que yo le preguntaba cuál podría ser mi papel en aquél proyecto.

-¿Tu papel? – respondió. No tengo ni idea, tampoco sé cuál será  el mío.

Pero ambos sabíamos lo que queríamos hacer. Queríamos inventar una ciudad que recordara a Valencia pero sin ser necesariamente la ciudad de nuestra infancia y juventud, y mucho menos la ciudad que existe ahora.

Era aquella ciudad gris partida en dos por un río polvoriento, sin árboles y sin Calatravas, donde un limpiabotas enano lustraba los zapatos de los ricos de Acuarium mientras bebían martinis. Había una monja incorrupta, la Madre Sacramento, en una urna rodeada de prostitutas adolescentes que debían a toda costa dejar de serlo. Existía un vasco con boina llamado Olano que echaba de comer a la burguesía en su pesebre de verdad codiciado. Funcionaba el teatro Alcázar con  vedettes y músicos en el foso intercambiando pedos de la fabada. Un hombre paseaba por la plaza del Caudillo con un enorme racimo de uvas negras pegado al rostro. El santo cáliz era el auténtico. Un arzobispo parecía preñado por un capitán general follador y disoluto. Un jorobado pasaba horas y horas junto a la taquilla del cine Actualidades, donde desde la mañana hasta la noche proyectaban películas de risa que divertían a niños y pederastas tanto como el No-Do en el que aparecía un afeminado dictador alzando el brazo. Y causaba admiración y asombro aquél único guardia urbano, de raza negra, importado de Guinea, responsable del tráfico en la pendiente del puente de Viveros. Algunos lo tomaban por un bailarín y otros por un monito que había escapado del zoológico. Y en navidad le echaban cacahuetes.  Bajaban los más golfos al  cabaret Mogambo sin importarles los chulos que mantenían a raya a esa aristocracia alcoholizada cuando metía  mano a las gordas coristas de la huerta. Eran muchos, muchísimos los personajes de nuestro libro.

-¿Y el limpiavías? –preguntaba El Persa. A uno lo atropelló un tranvía amarillo, que eran los más peligrosos.

El limpiavías no solo sacaba con su recogedor de hierro toda la mierda de los rieles sino que, además, sacaba de allí mismo un chirrido que daba mucha dentera.

También repasábamos los lugares, fueran o no monumentales, ya seleccionados como para un sorteo: el Mercado de Colón, del que El Persa quería hacer un recortable para venderlo en las tiendas de lujo del barrio, la Lonja, el Miguelete, las torres de Cuarte y de Serranos, y la cárcel Modelo repleta de hombres, y la de mujeres, que tenía morbo  si alguna presa se acercaba a los barrotes de las ventanas y sacaba la lengua desde la celda.

Puedo decir que nos fascinaba la idea de  que el libro fuera precisamente un libro pueblerino. Y que los personajes que desfilaban por él no inspirasen miedo ni odio, como algunos inspiraban en la realidad, sino más bien   ternura y compasión. Lo mejor del libro sería su lado cómico. Si no existía comicidad, el libro, por mucho éxito comercial que obtuviera, sería un fracaso.

A fin de cuentas Valencia era nuestra ciudad. Acabaríamos tratándola bien.

De lo contrario ¿para qué tomarnos la molestia?

Pero luego, Pepe Cardona me jugó una mala pasada. No se la he perdonado. Nos jugó a todos la misma mala pasada. De eso no quiero hablar. Que conste que para mí no ha muerto El Persa.

Hasta poco antes de marcharse, seguíamos hablando y hablando  de nuestro  inaplazable proyecto. Ni él ni yo íbamos a renunciar. Sólo era cuestión, dijo, de que nos pusiéramos de una vez manos a la obra.



Fuente: Editorial Media Vaca
  
 
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