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2/4/2013 Memorias de S. Rushdie    Reseña Libros
Al acometer su autobiografía, o en este caso unas memorias, el novelista se plantea si será preferible narrar en primera persona y desde su propio yo o desde la tercera persona, más distante, utilizando un él.  
El yo deja de ser un artificio en cualquier género que no sea el de ficción. El narrador natural de una autobiografía o de una simple carta no pretende distanciarse de sí mismo, como tampoco pretende el alejamiento del lector. Todo lo contrario. Lo que busca es la proximidad.  
En cambio, desde la tercera persona, desde un él que a todos los efectos es otro sujeto, el narrador introduce un artificio. Y este demuestra su utilidad sobre todo en la novela. El narrador puede ser omniscente. Está fuera de la acción. Es un observador. Como si dijéramos un testigo privilegiado y protegido por el escritor.
Antes que Salman Rushdie, el uso de un él en sus propias memorias noveladas lo manejó con soltura y una elegancia insuperable el surafricano J.M. Coetzee  (premio Nobel de Literatura 2003). Sus libros en torno a su infancia y juventud no resultan forzados. Todo fluye sin tropiezos, a buen ritmo. Y el lector entiende que, sea cual sea la intención del autor, este se siente cómodo. Y cuando el lector escribe cómodo, el lector percibe esa comodidad y también está cómodo. Ni siquiera se plantea por qué recurre a la tercera persona y no a la convencional primera persona en la autobiografía. ¿La quiere presentar y manejar como una novela cuyo protagonista carece de identidad al no llevar otro nombre que “él”?  
El reto que se le presentaba a Salman Rushdie con el precedente de Coetzee, era notable y arriesgado. Además, iba a convertirse en un personaje novelesco llamado Joseph Anton (por su admiración a Joseph Conrad y Anton Chejov) que adopta esta falsa identidad porque los guardaespaldas que durante una década lo siguen a todas partes no deben revelar su identidad. Tiene que adoptar otra por razones de seguridad.
Pero evidentemente una cosa es lo que exige la policía y otra, bien distinta, lo que el escritor Salman Rushdie decide a la hora de redactar sus memorias que, dicho sea de paso, parten de sus diarios escritos en cautividad. De manera que será la apetencia literaria  del propio Rushdie lo que determinará esta elección. ¿Se refugia la primera persona del singular en la tercera persona del singular para narrar con más frialdad los hechos de su propia vida? ¿Fue esta una decisión acertada desde un punto de vista estético, creativo, literario?
Como lector interesado en obras autobiográficas, yo habría preferido leer estas memorias –sin duda apasionantes- de Salman Rushdie escuchando la voz y el tono y el ritmo no de un sujeto interpuesto sino de Salman Rushdie. Esta otra voz es una voz impostada, extraña, incluso falsa.
La falsedad debe quedar descartada en unas memorias, como en un diario o en una autobiografía. Queremos leer la verdad y nada más que la verdad. Y aunque todo lo que cuenta el narrador sea verdad, hay como una sospecha de que esa verdad tan pronto lo es como no lo es. El novelista que hay detrás de Joseph Anton es mejor –o esto pretende demostrar Salman Rushdie- que el simple escritor de unas memorias. Y quizá el intento de elevar las memorias a categoría de ficción, malogra el resultado.
Estamos, pues, ante un hombre que no necesita inventar nada, ni formal ni conceptualmente, porque ha vivido una experiencia poco común: la de un condenado a muerte que durante trece años debe soportar la protección policial de dos y a veces tres agentes de la policía británica, y esta protección le priva de intimidad; alguien que durante todo ese tiempo se vio forzado a cambiar precipitadamente de residencia (a costa de su bolsillo) numerosas veces; alguien que en cada instante, se desplace o no, teme ser ejecutado como si fuera un secuestrado en poder de unos terroristas. Y todo esto, que es núcleo de la narración, no necesita Salman Rushdie inventarlo. Claro que es lógico pensar que en el momento de revivir unos hechos tan penosos, y de llevarlos al papel desde la primera persona tal vez era excesivo. Y entonces la tercera persona alivia ese sufrimiento. Pero lo hace a costa del lector, pues la acción se ralentiza, pierde fuerza, se enfría incluso en los momentos más dramáticos de la historia que ocupa casi 700 páginas.
De estas páginas las mejores son las que dedica, en primer lugar, a su infancia en la India, a su familia, a su estancia en el Reino Unido como estudiante en Cambridge y, por supuesto  a su forzosa y prolongada desaparición una vez el ayatolá Jomeini dicta la fetua que lo condena a morir. El gobierno de Irán ofrece una sustanciosa recompensa a quien lo localice. Y mejora la recompensa si consigue matar al escritor.
Hay momentos del relato en los que si el lector cierra los ojos ve con toda claridad los lugares en los que se esconde, los desplazamientos en coches blindados y defectuosos, los agentes que el servicio secreto inglés va cambiando para que la rutina o la familiaridad con el secuestrado no malogre su trabajo y en un descuido lo asesinen. Vemos aunque se extiende lo justo  sus escasas y decepcionantes relaciones sexuales, los libros que lee, las cartas que recibe y el correo que envía (todavía no existen los e-mail) y las noticias que lo desmoralizan y aquellas que lo animan, vemos al hijo que adora y lamenta no poder disfrutar con él los años que un padre más disfruta con un hijo. Para este hijo escribe un libro que será premiado. Y también vemos, palpamos sus miedos y medimos el alcance de sus esperanzas. ¿Será posible que la historia tenga un final feliz? ¿Cuándo llegará la libertad? Y comprendemos el coste que va a tener –especie de precio de rescate- el levantamiento de esa fetua: tendrá que abrazar la religión de la que supuestamente ha abominado con las peores blasfemias… y ahí está el protagonista debatiéndose entre su dignidad y su pánico, puesto que Los Versos Satánicos … le hicieron merecedor de ese castigo y sólo su humillante conversión dada a la publicidad ablandará el corazón de Jomeini.
Es un texto cuya lectura se vuelve irrespirable, sea quien sea el narrador. Un libro claustrofóbico. Amargo. Un libro que destila odio y resentimiento, deseo de venganza, algo inalcanzable, y una sensación de angustia y de impotencia que recuerda algunas situaciones del universo kafkiano, la tortura de ser condenado sin proceso y sin defensa, algo impensable por absurdo.  
Allí está encerrado en ese universo Joseph Anton, arrogante pero hundido, antipático pero enternecedor, víctima de la fatalidad y expuesto a lo peor un día tras otro. ¿De dónde sacará sus fuerzas? No quiere rendirse, y no se rinde, no quiere implorar pero suplica. Todo ello en la penumbra, rozando la locura de la que escapa gracias a la escritura, y también a las visitas que hace o le hacen sus pocos pero fieles amigos, por ejemplo a Harold  Pinter y Antonia Frazer.  Amigos que arriesgan su vida y lo apoya en todo momento.
Es un libro inevitablemente desmesurado, reiterativo y desigual  en el que las anécdotas más inesperadas y hasta jocosas (hay de todo) no consiguen aligerar la tristeza que produce. El lector se pregunta: ¿qué son en realidad esos malditos versos que él escribió con gran esfuerzo durante cuatro años, y por qué desataron semejante furia y persecución entre los islamistas más fanáticos?
Ahora habla Joseph Anton: “Está escondiéndose –decían- detrás de su ficción”. El escritor imaginaba “un libro sobre ángeles y demonios, pero quizá fuera difícil distinguirlos. Los ángeles podrían cometer acciones horrendas al servicio de principios supuestamente sagrados, y era posible sentir gran compasión por Lucifer, el ángel rebelde (…) escenas, pues, de la vida del Arcángel y el Archidemonio en las que él depositaba sus simpatías más del lado del demonio porque, como Blake dijo de Milton, un verdadero poeta pertenecía al bando del diablo”.  ¿Eso es todo? ¿dónde está la terrible, imperdonable blasfemia?
“Los documentos históricos son incompletos, pero la mayoría de las principales recopilaciones de hadices o tradiciones del Profeta, narran un incidente que más tarde se conoció como el incidente de los versos satánicos. El profeta bajó de la montaña un día y recitó la sura titulada An-Najm, la Estrella. Contenía estas palabras: ‘¿Habéis considerado alguna vez qué es lo que adoráis en al-Lat y al-Uzza y en al-Manat, la tercera y última de esta triada? (…) Posteriormente regresó a la montaña y, al bajar avergonzado, declaró que en su visita anterior había sido víctima de un engaño; el Diablo se le había aparecido bajo la forma de arcángel, y en consecuencia los versos que le había transmitido no eran divinos, sino satánicos, y debían eliminarse del Corán inmediatamente (…)’  De este modo se depuró de la Recitación la obra del Diablo. Pero ciertas dudas perduraron: ¿Por qué Mahoma aceptó inicialmente la primera revelación ‘falsa? Como buena? ¿Y qué ocurrió en la Meca durante el período entre las dos revelaciones, la satánica y la angélica? (…) ¿Por qué se retractó el Profeta más tarde? (…) No obstante, el Corán decía que todos los profetas tenían que someterse a la prueba de la tentación. (…) y si el incidente de los versos satánicos fue la Tentación de Mahoma, debía reconocerse que salió bastante airoso”.
A Salman Rushdie, nos cuenta Joseph Anton, “la fe lo había abandonado pero el tema persistía, siempre corroyendo su imaginación”.
Sería en la India donde, curiosamente, saltaron las alarmas disparadas por grupos religiosos y políticos hambrientos del voto musulmán. Y aun resultaba más pintoresco que la prohibición de aquel libro llegara del Ministerio de Economía, que invocó la Ley de Aduanas aunque indicando que esta prohibición “no restaba valor literario o artístico” a la obra.
Salman Rushdie montó en cólera. Escribió una carta a Rajiv Gandhi. Lo acusó de llevar a cabo una venganza familiar: “Quizá considere que al prohibir mi cuarta novela se resarce por fin del trato que di a su madre en la segunda, pero ¿puede estar usted seguro de que el buen nombre de Indira Gandhi resistirá mejor y por más tiempo que Hijos de la Medianoche?”.  Joseph Anton apostilla: “Sí, desde luego eso era arrogante. También había indignación y dolor, pero la arrogancia estaba presente de manera innegable. Muy bien. Así era él. El presente es suyo, señor primer ministro, pero los siglos pertenecen al arte”.
Al día siguiente de difundirse esta carta (19 de octubre, 1988) en la oficinas de la editorial Viking, en Cambridge, se recibió la primera amenaza de muerte. “Al otro día se suspendió una lectura programada en Cambridge porque el local donde iba a celebrarse también había recibido amenazas. La nube se espesó”.
Es el comienzo de una pesadilla que procede de la India, luego se desplaza a Pakistán y posteriormente llega a Irán donde se produce una especie traspaso de poderes que recaen en los líderes religiosos para quienes el caso Rushdie servirá como una valiosa moneda de cambio de curso legal en el mundo del terrorismo de Estado.
El relato avanza y retrocede. No importa el orden cronológico ya que la intención del narrador no es establecer un orden en ese caos que le toca vivir sino que su propósito es seguir el dictado de la memoria que ella misma establece una jerarquía y abre nuevos cauces, cuando los precisa, a la recreación de la historia.
Es un trabajo, el de Salman Rushdie, que recuerda el paciente trabajo del artesano tejiendo alfombras o tapices hasta que se le acaba la seda. En ocasiones el escritor pierde esa paciencia y se deja llevar –está en su derecho- a la confusión.
Los retratos de amigos, enemigos o simples personajes de la política o de las artes son contundentes más que convincentes.  Algunos de estos retratos van cargados de color, de sarcasmo, de desprecio. ¿No se flagela él mismo? ¿Por qué librar a los otros de su látigo?
La defensa del escritor, indefenso y paralizado en su escondrijo, es el ataque feroz desde la distancia. Su arma será en unos casos un dardo envenenado, en otros una ráfaga de disparos. De pronto, por ejemplo, aparece la agente literaria Carmen Balcells revoloteando como un águila sobre una codiciada operación comercial. Habla Joseph Anton: “Carmen Balcells, la legendaria y todopoderosa agente literaria española, telefoneó  a Andrew Wilie (agente literario de Rushdie) desde Barcelona para comunicarle que el gran Gabriel García Márquez estaba escribiendo una ‘novelización’ basada en la vida del señor Rushdie. (…) ¿Debía sentirse halagado? Porque no lo estaba. ¿Ahora iba a convertirse en la ‘novelización’ de otra persona? Si se hubiesen invertido los papeles, él no se habría arrogado el derecho a interponerse entre otro escritor y la historia de su propia vida (…) Se imaginaba ya los titulares: Rushdie censura a Márquez. ¿Y qué quería decir ‘novelización’? (..) Si Márquez se proponía entrar en su cabeza, él lo viviría como una invasión. Le pidió a Andrew que expresara sus inquietudes y siguió un largo silencio de Balcells. Finalmente llegó un mensaje para comunicar que el libro de Márquez no trataba sobre el señor Rushdie. ¿A qué había venido, pues, ese extraño episodio?, se preguntó él.”
Y añade que “Gabriel García Márquez nunca publicó una ‘novelización’ ni nada que se pareciera a lo que Carmen Balcells había planteado. Pero la llamada de Balcells había hurgado en la herida que él mismo se había infligido (…) al no haber escrito una sola palabra de ficción desde hacía un año.”
Entre tanto hay disparos. Matan al traductor japonés, hieren a un editor italiano ya que a él no consiguen acribillarlo. Y poco a poco va creándose un circo mediático en torno al condenado a morir por blasfemo. Hay rumores acerca de sus apariciones, como si se tratara de un fantasma. Un buen día el fantasma Rushdie aparece conversando con Vargas Llosa en El Escorial, invitado por la Universidad Complutense de Madrid, cuyo rector, Gustavo Villapalos “dijo que tenía unos contactos excelentes en Irán y se ofreció a mediar. Jomeini, explicó, lo había llamado una vez ‘hombre muy santo’. Esta última oferta de mediación resultó tan inútil como las demás. Le horrorizó ver unas dclaraciones de Villapalos en la prensa española afirmando que Rushdie había accedido a modificar y suprimir párrafos ‘ofensivos’ de Los versos satánicos para hacer posible un acuerdo. Él lo negó con vehemencia y a partir de ese momento Villapalos se volvió inaccesible y se interrumpió todo contacto con él.”
No salen bien parados ni la editorial Penguin, a la que presenta como tramposa en sus liquidaciones de derechos de autor, ni “el célebre historiador, ‘autentificador’ de los falsos ‘Diarios de Hitler’, lord Dacre (Hugh Trevor-Roper)” de quien reproduce unas declaraciones aparecidas en The Independent : ‘Me pregunto cómo le va últimamente a Salman Rushdie bajo la benévola protección de la justicia británica y de la policía británica, con las que tan desconsiderado ha sido. No demasiado bien, espero (…) Yo no derramaría una sola lágrima si unos musulmanes británicos, deplorando sus modales, lo atacaran en una calle oscura e intentaran mejorárselos. Si con eso se conseguía que después él controlara su pluma, al sociedad saldría ganando y no sería una pérdida para la literatura”. John Le Carré recibe un buen cachete. La relación es larga, pues el “caso Rushdie” tuvo muchos detractores, entre ellos Joseph Brodski y Knut Hamsun, y avivó muchos debates. Mientras Carlos Fuentes y Edward Said lo defendieron, “el eminente intelectual  George Steiner  -la antítesis misma del fanático ignorante- lanzó un potente ataque literario contra su obra”.
Al producirse la fetua de Jomeini, el premio Nobel egipcio Naguib Mahfuz salió en defensa de Los versos satánicos. Calificó el acto de Jomeini como ‘terorismo intelectual’, pero en 1994 fue acuchillado en el cuello por unos fanáticos (a quienes ejecutarían)  y cambió de opinión. Declaró que “Rushdie no tenía derecho a dirigir insultos contra nada, y menos contra un profeta o cualquier cosa considerada sagrada”.
Fue el jeque ciego Omar Abdel-Rahman, quien después de ser encarcelado por su implicación en el atentado contra el World Trade Center, anunció que si Mahfuz hubiese sido debidamente castigado por Hijos de nuestro barrio, Rushdie no se habría atrevido a publicar Los versos satánicos. (Por cierto, cuando entrevisté en el año 1995, en su casa de El Cairo, a Naguib Mahfuz, ya casi totalmente ciego, reconoció no sentirse feliz pensando en el ahorcamiento de sus agresores. Hubiera preferido la conmutación de esta pena por una condena a 25 años de cárcel).  – IGNACIO CARRIÓN
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Salman Rusdie (memorias) “Joseph Anton” Traducción de Carlos Milla Soler. Editorial Mondadori. Barcelona, 2012. 686 páginas.
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Fuente: Revista de Occidente
  
 
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