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5/3/2013 Mussolini, el Gran Imbécil    Reseña Libros
El Gran Imbécil es el ensayo político-sarcástico sobre la relación entre el dictador y su pueblo que Curzio Malaparte (1908-1957) dedica a Mussolini.
Autor de dos impresionantes novelas -Kaputt y La piel- Malaparte fue encarcelado por el Duce y sus escritos prohibidos en Italia. Hasta 1950 esta
obra no vio la luz pues su redacción sufrió constantes interrupciones durante treinta años. Malaparte puede mostrarse compasivo, poético,  contradictorio y ferozmente despiadado. Atribuye a su propia madre un delirio de amor por el hombre que salvaría a Italia y al resto de Europa y que sería  “de manera inconsciente el vehículo para la inyección del bacilo fascista en las venas de la nación germánica”.
Malaparte ameniza su retrato con alguna anécdota: una noche, el Duce se coló de incógnito en un cine romano y cuando se proyectaba el documental previo al largometraje (especie de No-Do) y apareció Mussolini
inaugurando un monumento, el público se puso en pie y aplaudió. Pero él se quedó sentado. A su lado, un modesto pequeño burgués le tocó el hombro y le dijo: “Disculpe, señor, yo también pienso como usted pero es mejor levantarse”.
Malaparte imagina a Mussolini  ante las puertas de su ciudad natal, Prato, a la cabeza de su poderoso ejército, pero allí debe someterse al castigo de un ritual muy antiguo: con su canto debe atraer a una gata atada sobre las murallas de la ciudad para merecer el respeto de los habitantes. Son páginas de una sublime comicidad.
Otras son menos jocosas:  “Pobre Muss, observa ante el cadáver del Duce, “yacía boca arriba sobre el mármol, con las manos extendidas en los costados, y los ojos abiertos. (…) Ya no tenía ni corazón, ni hígado, ni pulmones (…) ni los médicos militares americanos que habían ido allí a hacerse con su cerebro y a ponerlo en una caja con aire acondicionado para enviarlo a Estados Unidos, se habían atrevido a cerrarle los ojos”.
Los fragmentos más despiadados que dedica a Austria y a los austríacos presagian la prosa caustica de Thomas Bernhard. “Hitler no es un verdadero alemán sino un austríaco (..) en la Austria de los campesinos, de los montañeses y de los funcionarios fieles al emperador, al papa y a Dios, la Austria dulce y pérfida (…), la de las canciones tirolesas y de aquellos valses en los campos de batalla (…) Hitler austríaco de Linz (…) Sólo un católico de una provincia podía introducir el fascismo en Alemania". (Curzio Malaparte,  Editorial Sexto Piso.



Fuente: Le Monde Diplomatique
  
 
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