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10/1/2013 Ciudad abierta (Teju Cole)    Reseña Libros

 

Este es un buen ejemplo de escritura sosegada, firme y sin altibajos. También lo es de esa  clase de novela en la que sin que ocurra nada excepcional en la superficie, logra un efecto persuasivo en el lector que no desea compartir experiencias extraordinarias y acepta un material sencillo  atravesado por la subjetividad de un escritor que  por algo cita a J.M. Coetzee en  dos ocasiones.

Teju Cole (Michigan, 1970) creció en Nigeria hasta establecerse en Nueva York en 1992 y su obra se nutre de sustancias y sabores extraídos de dos culturas antagónicas. Él  mismo es fotógrafo e historiador del arte, tiene un blog muy visitado y en este libro tan pronto aparece como hombre blanco o de color. Es un psiquiatra en su último año de beca en un hospital neoyorquino pero sospechamos que también puede ser uno de sus pacientes con una doble personalidad que razona, por ejemplo, de este modo: “El tráfico de la Sexta Avenida, donde los gladiadores de la hora punta tanteaban sus límites recíprocamente, contrastaba con lo que yo acababa de ver (…) y cuando al fin conseguí parar un taxi –llovía a cántaros- el hombre se crispó y me miró por el espejo”. Evidentemente se trata de un negro que increpa al cliente: “No es nada bueno que te subas al coche sin saludar. ¿No ves que yo también soy africano? ¿Por qué haces esto?”. La tensión que se crea entre ambos desata la violencia del conductor que abandona a nuestro desdichado psiquiatra lejos de su casa. Pero esta vulgar anécdota se convierte en metáfora del fracaso general en la comunicación entre seres humanos en la gran urbe.

El narrador nos descubre su biografía durante un trayecto en avión. Va a visitar a su abuela alemana a la que rodea el misterio nazi en su exilio de Bruselas. El  hombre busca temeroso sus raíces blancas. Tampoco le satisface.

No hay sexo hasta la página 129 y entonces sólo se trata de un encuentro fortuito con una mujer que se lo quiere follar con urgencia perruna. Follan y olvidan. No quedan huellas ni deseo. Necesita escapar del hospital para ser golpeado emocionalmente por la ciudad. Observarla es poseerla.  Llevará a sus pacientes como una sombra por la que accede a la realidad que va relatando como Joyce en Ulises, sin evitar el monólogo interior de voces cruzadas,  con un lenguaje e imágenes construidos a la medida del paisaje que contempla.

¿Se trata del sueño de una vida fragmentaria?  ¿De un ejercicio narrativo efectista que mereció el premio Pen/Hemingway 2012?

La buena literatura es como un paseo sin rumbo fijo (en este caso elige  las calles de Manhattan), un simple pretexto para ofrecer el mapa inconsciente, sin contornos fijos, de un narrador que compone su propia música, la interpreta y la abandona al doblar cada  esquina. No es más que eso, pero es más que suficiente.

  Ciudad Abierta. Teju Cole. 295 páginas. Editorial Acantilado.



Fuente: Le Monde Diplomatique
  
 
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