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31/12/2012 Kafka según Pietro Citati    Reseña Libros

En una crítica del libro de Pietro Citati escrita por Alberto Manguel (El País 21.04.12), dice este autor al final del texto que Citati  “agrega su nombre a los de otros ilustres lectores de Kafka: Brod, Borges, Marthe Robert, Ernst Pawel, Roberto Calasso, quienes intentaron aclarar y profundizar la lectura de sus libros” (…)  aunque afortunadamente –añade Manguel- “a pesar de la clara originalidad  de estas exploraciones, tal como los comentadores talmúdicos a quienes Kafka tanto debe, nunca avanzamos más allá de su inconmensurable primera página”.

El crítico Alberto Manguel prescinde de la aproximación que Milan Kundera ofrece en distintos ensayos a la obra de Franz Kafka esforzándose precisamente por delimitar lo que de un modo ya algo tópico y rutinario se considera “inacabable e insondable” en las desconcertantes ficciones del autor de América, quien precisamente en esta historia “le pone a lo inverosímil la máscara de lo verosímil, lo cual le otorga a esta novela (y a todas sus novelas) un inimitable encanto mágico” (Milan Kundera, El Telón). Y el mismo Kundera insiste en otro ensayo (El arte de la novela) en que “en Kafka el que es castigado no conoce la causa del castigo (…) el acusado quiere hallar una justificación a su pena: el castigo busca la falta”. Y también señala que los primeros exégetas de Kafka explicaban sus novelas como una parábola religiosa, algo que a Kundera le parece una interpretación falsa porque no hay que ver alegorías donde Kafka captó situaciones concretas de la vida humana. “Kafka no escribió alegorías religiosas, pero lo kafkiano (tanto en la realidad como en la ficción) es inseparable de su aspecto teológico (o, más bien, pseudoteológico)”.

En libro de Pietro Citati es, a mi entender, una entrañable, retórica y y sentimental biografía de la obra de Kafka en la que el mismo Kafka se nos muestra como una criatura siempre doliente y estremecida y vulnerable quizá como un mártir de la literatura, o como un profeta cuando lo cierto es que en sus Diarios el individuo Franz Kafka sólo quiere afirmar su yo y hacer una obra que justifique su existencia ante sí mismo, dado que apenas publicó en vida sus escritos y, si debemos creer la sinceridad de sus órdenes dadas ya en el lecho de muerte a su amigo Max Brod, su deseo de que fueran destruidos todos sus papeles una vez muerto.

Cuando uno avanza en la lectura del Kafka de Citati tiene la sospecha de que es semejante la adoración de éste por aquél que la figura de Kafka se infla como un globo de feria y se nos pone en las manos como si el lector fuera un niño a quien hay que entretener en el paseo y, sobre todo, ponerlo en el preciso lugar del niño acompañado por el mayor que le va explicando una leyenda de un monstruo de la escritura a quien Dios encomendó la redención del género humano, extraviado por falsos caminos literarios si una meta que por otra parte será inalcanzable.

 “Sus grandes novelas son de una complejidad extrema”, afirma  Citati en la página 66, “mil reacciones y conexiones internas las atraviesan; una impresión o un acontecimiento se ven corregidos a unos cientos de páginas de distancia; cada figura tiene sentido sólo si se comprende a todas las demás; cada frase sólo puede comprenderse si partimos de la totalidad del libro”. Pero añade que  “allí abajo, en el sótano, escribiendo El desaparecido o El proceso o El castillo, Kafka no redactó ningún plan o esbozo: el problema de la arquitectura narrativa no existía para él. Como un poseso, se abandonaba a la inspiración ilimitada y ondulatoria qu7e fluía en él durante la noche; y esta inspiración nocturna conllevaba a toda la sabiduría estructural de la que tenía necesidad (…) Corregía muy poco”.

La retórica no es, por sí misma, un elemento esclarecedor para un análisis de nada, y aún menos de la obra de Kafka: Pietro Citati se pierde en estos juegos empalagosos  y grandilocuencias tediosos para el lector, como nos imaginamos que fatigarían al escritor del que siempre en tono elegíaco se ocupa a lo largo de 354 páginas a cual más enfática.

Sin duda es meritorio (y esto sí, original) que Citati se ponga en la piel del personaje Gregor Samsa y en cierto modo evoque las peripecias del coleóptero en el que Kafka quiso convertirse, y nos haga sentir las emociones de esta transmigración: “Encerrado en su cuarto purificado de todo recuerdo humano, sin vista ya ni memoria ni tampoco oído, libre de las sensaciones y de los pensamientos que todavía lo ataban a nuestro mundo, habría conocido la terrible felicidad del silencio, de la soledad y de la ligereza, volviéndose íntegramente un bicho”  (página 75). Y un poco más adelante, Pietro Citati penetra en la mente de la hermana de Kafka-Gregor, Grete, y nos dice que “su sueño inconfesado es que Gregor se vuelva completamente animal; que juegue en la madriguera vacía, y que se instaure entre ellos ese puro amor magnético que Kafka deseaba sentir con Felice”. Culmina así Citati su interpretación: “Este descenso a lo bestial tan sólo podía llevarlo a cabo Kafka, cuando en su imaginación descendía al sótano oscuro, y allí escribía no como un animal, sino como un muerto”.

Parecida aproximación es la que Citati hace en cada una de las obras de Kafka elegidas para su ensayo biográfico (o autobiográfico) puesto que al final no sabe el lector si de quien habla Citati es de sí mismo o de Kafka, por persona interpuesta, o del universo que el propio Citati desea descubrir (o tal vez crear) a expensas de un genio, de un precursor, de un creador indefenso a quien podemos convertir en objeto multiuso según nuestras necesidades.

Acierta plenamente Citati cuando escribe que el personaje-narrador de Kafka no nos orienta nunca: sólo él sabe lo que ve; ni sabe lo que sucede en otros lugares, ni conoce los pensamientos y las intenciones del resto de los personajes, deja en la sombra algunos hechos capitales, se demora en hechos menores; o, simplemente, no comprende lo que sucede”.

Y este será, qué duda cabe, el sello narrativo de Kafka y la marca ambigua de lo kafkiano en un lenguaje en el que el término absurdo no basta para definir determinadas situaciones o momentos de la existencia.

Si despojamos de verborrea al texto de Citati tenemos un libro magnífico. Lo superfluo malogra buena parte del resultado. Los esfuerzos de Citati por lograr su propósito (mostrar el alma de Kafka) los consumen en vano, cuando podría haber empleado esa energía en ahondar algo más en su análisis.

Cuando Citati se desliza en interpretaciones religiosas que, supuestamente, dan sentido al misterio de la obra de Kafka, suscribimos la opinión de Milan Kundera sobre esos exégetas que con una mano sostienen El castillo y con la otra el Talmud. Ahí nos perdemos seguramente muchos lectores, o al menos perdemos todo interés por hallar unas claves manipulables a capricho. “Al avanzar en la lectura de El castillo –escribe Citati- nos daremos cuenta de que, entre otras muchas cosas, lo divino es también esto (…) Tal vez lo divino se esconde, se oculta a la mirada, como los funcionarios que no gustan de dejarse ver: ése es el verdadero Castillo; y nosotros no debemos tratar de ver lo divino”. Y más adelante: “En El castillo,  Kafka es mucho más politeísta que en El proceso (…)  En lo alto de la gran escalera divina está el Ser absoluto, el Ser invisible, inasequible, incomprensible, inefable, irrepresentable, que aquí ha tomado en nombre levemente frívolo de conde Westwest (…) Con estos pequeños juegos, Kafka nos revela no sólo que el Altísimo es incognoscible, sino que su nombre es tabú, y repetirlo en público, y mucho más delante de los niños, es ofender la total alteridad de lo divino” (página 265).

En las últimas páginas del libro, Pietro Citati retoma el hilo biográfico de Franz Kafka y describe la devastadora crisis económica y la inflación imparable: “Una vez fueron a un restaurante vegetariano (Kafka y Dora) de la Friedrichstrasse: espinacas con huevos fritos, pastel de verduras, pasta con mermelada de manzana y ciruelas, ensalada de tomate; pagaron ocho coronas, es decir, cerca de mil millones de marcos”. Llegaremos al fin de Kafka  que, aunque ha sido relatado en otros libros con mucho detalle, Citati resume en un párrafo algo más contenido pero  conmovedor: “La mañana del 3 de junio pidió morfina y le dijo a Robert Klopstock: ‘Lleva usted prometiéndomela hará ahora cuatro años. Me tortura usted, siempre me ha torturado. No quiero hablar más. Es así como moriré? Le pusieron dos inyecciones. Tras la segunda, dijo: ‘No se burle de mí. Deme un antídoto. Máteme o es usted un asesino’ Cuando le dieron la morfina, fue feliz. (…) Cuando Klopstock se alejó e la cama para limpiar la jeringuilla, Kafka le dijo: ‘No se vaya’. ‘No me voy’, respondió Klopstock. Con voz profunda, Kafka prosiguió: ‘Soy yo quien se va’.

 

Pietro  Citati. “Kafka”. Traducción de José Ramón Monreal. Editorial Acantilado. Barcelona 2012. 363 páginas

 

 

 

 



Fuente: Revista de Occidente
  
 
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