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2/11/2012 Goethe se muere    Reseña libros
Uno de los pocos escritores contemporáneos (en sentido pleno) que no muere antes que su obra es Thomas Bernhard. La aparición de textos inéditos en nuestra lengua la  agradecemos sin reservas.
Reunidos en un solo volumen estos cuatro relatos, bajo el título de uno de ellos, Goethe se muere, cuya traducción a cargo de Miguel Sáenz es insuperable, los lectores del autor austríaco (1931-1989) volvemos a disfrutar de un estilo  narrativo que cautivó y arrastró a otros escritores a imitarlo con mejor o peor fortuna  (pienso en Peter  Handke), pero debo decir que la voz de Bernhard, cantante de ópera vocacionalmente frustrado, no sólo tiene un timbre musical, una potencia y un ritmo inconfundibles, sino que además la letra llega como una respiración irrespirable, si puedo expresarlo así, pues  si Bernhard no se asfixia es porque asfixia al lector. Él sabe cómo y cuándo utilizar la mascarilla de oxígeno con las descargas de humor y  el gusto por la caricatura que nos devuelven a la realidad de su ficción.
En el primer relato, Goethe aparece obsesionado ya  a las puertas de la muerte (de la gloria) reclamando la presencia de su admirado Wittgenstein a quien desea conocer a fecha fija (¡). La patética camarilla que rodea al genio de Weimar es retratada en clave  tragicómica (un sainete o comedia bufa) y el narrador pone en los labios del autor de Fausto no aquella frase que  le atribuyen sus biógrafos ¡Más luz! sino otra bien distinta que en alemán suena parecida: ¡Más nada!, con lo que desmitifica en dos palabras, en el momento supremo de la  agonía, a la sacrosanta gloria literaria alemana.
Nada es sacrosanto en el universo de Bernhard, como queda claro en toda su inmisericorde producción marcada por la irreverencia de un discurso reiterativo, aunque inagotable en la forma y en el fondo, discurso construido en torno a  unas cuantas obsesiones: la familia como aniquilación del individuo, la religión como negación de la libertad y la patria como una mezcla explosiva y estúpida de las tres.
Bernhard asedia las situaciones que plantea bombardeando a las personas, los países o las tradiciones con artillería pesada. Jamás defrauda su agresiva ferocidad. Monta su talento fabulador sobre rodamientos de exageraciones inverosímiles, a sabiendas de que encierran cierta verdad. “Toda Alemania, sin excepción, creía de pronto poder dirigirse por carta a Goethe. Eckermann llevaba todos los días enormes cestos llenos de cartas a las distintas estufas. De esta forma, Goethe se calentaba la mayor parte del tiempo con el correo que recibía en sus últimos años”. Parecido tono impregna los otros tres relatos, uno dedicado a la influencia de Montaigne (“Nunca he tenido a un padre ni a una madre, pero he tenido siempre a mi Montaige”), y otro, Reencuentro, donde arremete, látigo de la culpa en mano, contra los padres por el hecho de serlo y la familia por perpetuar esa maldición. En Ardía  -el relato más breve- se mofa de los noruegos  (“la gente de Msjöhn, como supongo los noruegos en general,  con sus pianos desafinados, han conseguido tener una idea de la llamada música moderna […] no tienen ni idea de ella”) y no pierde la ocasión de zumbarle a la Iglesia (“envenenadora del mundo”) sin olvidar a esa “odiosa, vil y estúpida” Austria llena de “católicos nacionalsocialistas con sus horribles trajes regionales de cuero y loden”.



Fuente: Le Monde Diplomatiique
  
 
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