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5/10/2012 Nada se opone a la noche    reseña libros
Esta novela se lee como un historial clínico de una familia francesa numerosa (nueve hermanos) que cubre  tres generaciones. Lacan dijo que la psicosis se genera precisamente a lo largo de tres generaciones. De manera que para completar el estudio psicopatológico de lo que se presenta como una ambiciosa biografía, haría falta conocer la patología, si existe, de los hijos de la escritora. A tanto no ha llegado pero esto no impide que se mantenga  vivo el interés del relato cuyo comienzo es impactante: Delphine de Vigan (Francia 1966) encuentra a su madre muerta en su apartamento y sospecha, con motivos suficientes, que la causa es el  suicidio, una maldición que de aquí en adelante alcanzará a más de un pariente.  Que la historia sea real no sólo añade morbo al argumento sino que también ayudó a la promoción del libro.
El mismo Jacques Lacan aparece en sus últimos y turbulentos años de profesión (página 233) cuando Lucile madre de la autora, acude a la consulta del célebre psicoanalista parisino y quizá allí decide quitarse la vida al no lograr que Lacan la reciba.
El episodio, sin duda grotesco, se relata de este modo: “Llora sola por la calle (Lucile), en una tienda china, después en las Galerías Lafayette, compra un piano en la calle Vivienne, después toda clase de objetos y ropa que no van con ella. Más tarde se encuentra en la consulta de Lacan, a quien días antes ha enviado una carta exigiendo verle. Cuando la secretaria le anuncia que no la recibirá. Lucile pide descansar un momento en la sala de espera. Cuando el psicoanalista sale de su despacho y se inquieta por su presencia, se abalanza sobre él y le arranca las gafas gritando: ‘¡Le he pillado, le he pillado!’ Lacan le golpea en la cara, la secretaria consigue inmovilizarla en el suelo, y acto seguido la echan entre los dos sin ningún tipo de asistencia”. La autora asegura que nunca dudó de la veracidad de estos hechos, dado que “Lacan recibía pacientes cada diez minutos por sumas astronómicas y, enfermo de un cáncer que se negaba a tratar, no les prestaba mucha atención”.
La escena del suicidio de un hermano adoptado deficiente mental es terrible no tanto por el método utilizado por el adolescente para quitarse la vida como por la versión que la familia acepta, a sabiendas de que el muchacho había sido víctima de malos tratos en su anterior hogar. “Al haber sido un niño maltratado, Jean-Marc tenía la costumbre de protegerse la cabeza para dormirse” (página 128)  Y la autora añade: “¿Acaso con quince años podía alguien dormirse con una bolsa de plástico en la cabeza sin querer, sin haberlo deseado?”.
La  autora intercala sus temores de fracasar en el relato y esto predispone al lector a desconfiar  si no de la veracidad de los hechos al menos de la presentación que hace de los mismos. La brevedad de los  capítulos  modera la tendencia hacia lo farragoso de la narradora que sazona su ensalada familiar con variadas especies de violencia y de incesto.  (Autora: Delphine de Vigan, Anagrama)
       


Fuente: Le Monde Diplomatique
  
 
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