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20/4/2012 La amargura del poeta Valente    reseña libros
José Ángel Valente. Diario anónimo (1959-2000). Edición de Andrés Sánchez Robayna. Editorial Galaxia Gutenberg. Barcelona 2011. 367 pp.

He leído este libro como suelo leer todos los libros: una página tras otra y sin saltarme ninguna. Es decir, he leído en orden cronológico (se trata de un Diario) lo que su autor, el poeta José Ángel Valente (Orense 1929-Ginebra 2000) escribió de forma caprichosa, fragmentaria, desigual y, probablemente, sin intención de publicarlo aunque tal vez sospechando que después de muerto su compañera, Coral Gutiérrez, entregaría estas hojas autógrafas (aunque escasamente utobiográficas) a Andrés Sánchez Robayna para que se ocupara de editarlas.
Hasta cierto punto irrita que obras de esta naturaleza no incluyan un índice onomástico, algo por desgracia demasiado frecuente en el mundo editorial español. Pero algo incomprensible si estuviéramos ocupándonos de un Diario, Memorias o Apuntes de cualquier autor anglosajón, francés o alemán.
Existe, eso sí, una magnífica introducción de Sánchez Robayna, pero a un lector deseoso de localizar los nombres que salpican el texto de Valente se le priva de esa útil ayuda que es un índice onomástico. ¿Qué escribe, por ejemplo, sobre García Márquez, Jorge Edwards, Reynaldo Arenas, Saul Bellow, Robert Musil, Pablo Neruda,  Jacques Lacan, Andy Warhol, Chillida y, más importante aún, sobre su propio hijo cuando éste muere y hunde al ya maltrecho Valente?
Hay que ir a la caza y captura de los nombres y, una vez detectados, marcarlos. Este no es trabajo del lector sino obligación del editor.
He leído estas 367 páginas que no componen en sentido estricto un diario sino más bien, y en expresión de Valente,  “las notas de un falso diario”, con una mezcla de curiosidad e indulgencia. Curiosidad porque iluminan zonas oscuras del escritor y hasta de su poesía, aunque nada es, o puede ser, más luminoso que el poema mismo para quien lo lee sin ambición de esclarecerlo; y también he leído estos fragmentos que en ocasiones son aforismos o simples desahogos hirientes o banales, con la indulgencia que merece cualquier apuntador de palabras que sobrevive asediado en el refugio de su propia escritura.
Se cita oportunamente en la introducción a Elias Canetti,  autor de Masa y poder,  cuando sentenció que “Los diarios excesivamente precisos son el final de la libertad. Por eso sólo podemos llevarlos con intermitencias, y los períodos vacíos que se interponen son los plenos”.
En el caso de Valente ocurre así: “Hace tiempo que anoto pocas cosas; anoto en hojas dispersas, en cuadernos que empiezo y no termino”, confiesa.
Pero ahora, transcurridos varios meses desde la lectura del libro, el estado emocional en el que entonces me  puso Valente ya es muy distinto. Ahora es mucho más fácil mirar las anotaciones, signos y  subrayados dejados en sus páginas porque el libro se desprende de párrafos que ya no atraen, de palabras que se borraron cuando quizá antes me subyugaban. ¿Acaso no ocurre así con demasiados libros? Digamos que el lector –yo, lector- escucho la voz olvidada del poeta (en el Diario también hay algunos poemas) y esa voz no chirría, y la sigo. Da igual que sus juicios sean profundos o sólo lo aparenten, que sean maliciosos o únicamente anecdóticos. Existe, pese a todo, algo que cautiva y permanece.
¿Y qué puedo comentar, qué debo comunicar al reseñar este libro a los lectores que quizá dudan en acompañar a ese otro Valente que desdeñaba, según Robayna, ese género o subgénero que practican los adictos diaristas?
Su prosa no es, por supuesto, una prosa poética sino una escritura  desnuda y seca. En 1990 ha muerto su hijo Antonio: “5 de enero. Empieza un nuevo año -¿nuevo?- marcado duramente por la perdida de Antonio”. Más adelante: “Otra vez en Ginebra. Antonio no está. Ya no tengo aquí quien me espere”. 28 de febrero: “Hoy, hacia la una y media, recogí las cenizas de Antonio en Saint Georges. Caía una lluvia menuda y fría. Volví a sentir un intensísimo dolor. Hace ocho meses exactos de su muerte”. Y el 21 anota: “A veces veo escrita la palabra poeta y me produce horror”.  2 de mayo 1991. “Hoy es el cumpleaños de Antonio (…) Habría cumplido 34 años (…) Él está ahora –siempre vivo para mí- solo en su noche”.
Pero al día siguiente, como si dijéramos al volver la página, aparece esta anotación: “A comienzos de abril, el 5 creo, murió Max Frish: Yo viví veinticinco años en Ginebra, a la que no debo absolutamente nada. Ni a la ciudad ni a sus gentes. En cambio debo mucho a Frish (…) Para mí han sido obras decisivas Yo no soy Stiller, el Diario (…)
También desciende a minuciosos detalles como si al escribirlos liberase energías de desprecio o  una cierta propensión a la maledicencia que, de silenciarlos, tal vez lo enfermarían. Así, en julio de 1978 fustiga recreando estas frases: “María Fernández (Lezama me habló de ella con mucha brusquedad –dijo literalmente: ‘era una tortillera’-; Calvert Casey la conocía) llamaba a María Zambrano ‘Mariquita’. ‘Esto es un vivero, Mariquita. Aquí hay de todo. A veces –pocas- se da el hombre’. ‘Hay personas, Mariquita, que no merecerían saber que tú existes”.
A partir de la página 112 (año 1967), aunque no por mucho tiempo,  el Diario sí se convierte en diario cuando Valente registra en él su estancia en Cuba donde tan pronto se ocupa de una actuación de la cantante Massiel (“Actúa una española, Massiel, con relativo mal gusto, que adoba las canciones (horror) con teorías sobre el realismo y ’factores socioeconómicos’, como se ocupa de una visita que hace a Lezama, con Pepe Caballero: “La casa es un conjunto abigarrado y extraño de objetos, retratos (el padre y la madre en posición visible, dominante), cuadros y libros. Lezama está enorme, pesado como un gran ídolo. Su rostro es joven. Empieza a hablar enseguida de Cuba: Cuba infra nivel del mar (…) Cuba el triunfo definitivo de la tierra (la Cuba inquieta, la Cuba de la tierra alta y del mar abisal (…) Al cubano no le gusta viajar; está retenido por su luz (…) la raíz de Lezama es lo criollo (…) pero está en contra del cliché ‘una revolución sonriente’.
En esta misma entrada, más extensa que la mayoría, nos dice que Lezama  reconoce que en Cuba “ha habido y hay padecimiento, privación, hambre. Este país necesita diálogo, un diálogo abierto,, donde no se imponga a nadie de antemano ser ‘adherente’ (…) y aparecen en la conversación el tema de los campos de concentración y algunas personas idas (…) Toco el tema del sistema político (…) lo considera parte central de su obra y quiere fundirlo con la novela (‘ese golpe sin espuelas’) en el Inferno. Quedo en volver. Los martes y los viernes, por la tarde, está ocupado por la vacuna contra el asma. Salimos”.
También en Cuba, sin abandonar  la Habana entre los días 18 a 25 de diciembre, José Ángel Valente escribe (17 de diciembre): “Hoy me quedo en el hotel. Necesito leer, dormir, estar solo”.  Y añade que ha tenido un encontronazo con los  Celaya: “Choque con los Celaya. Alguien opina (Alfonso Sastre) que hay en la  pareja una mezcla de menopausia sexual y literaria a la vez. Tiene razón. Ella es lo soez en estado puro”.
Y como si tuviera que dejar constancia de un encuentro totalmente vacío e irrelevante con Fidel Castro,  cierra estas páginas cubanas de un modo presuntuoso pero infantil: “Congreso. Salgo de la Habana el 13 de enero. He oído a Fidel el 2 de enero y el 12 por la noche en el teatro Chaplin. He hablado con él dos veces en la recepción ofrecida a los congresistas en el Palacio Presidencial”.
El lector espera, seguramente, alguna opinión del diarista sobre el dictador Castro, pero no encontrará  ninguna porque no existe.
Sus opiniones fluyen en otras circunstancias: “La palabra Neruda es adiposa”, escribe irónico el 23 de octubre de 1971. Y mostrará compasión o hasta ternura hacia Alfonso (Costafreda), el 17 abril 1979, cuando refiere que él, Alfonso, “conocía la lentitud del vuelo”, (…) Y una y otra vez iniciaba el terrible despegue sobre una  tierra quemada, en un aire vacío. Sentía la palabra como posibilidad imposible.
            El verbo pudo ser y no será.
            Sin tiempo los proyectos y la obra mal hecha,
            La muerte llegará.

Poeta romántico, y aún más en el destino que en la visión. Tentó el suicidio en lentos tragos. Temía y deseaba la muerte. Necesitaba que la muerte no le dejara tiempo. Acaso temía más al tiempo que a la muerte. Al tiempo testigo. Su suicidio fue largo, demorado, terrible. Hasta que se consumó”.
La desdicha, la culpa que azotó al poeta Valente aflora en diciembre de 1980:  “La infelicidad de mi familia me produce angustia. ¿Hice yo todo lo necesario para que ellos fueran felices?



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Fuente: Revista de Occidente
  
 
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