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20/10/2011 Enseñar a los mayores siendo mayor    Conferencia
Mi agradecimiento, en primer lugar, al rector de la Universidad de Valencia por sus palabras. A la doctora Sacramento Pinazo por los elogios que me ha dedicado.
Fue la doctora Pinazo quien me propuso hablarles de mi experiencia, siendo mayor, al frente de una clase con  personas mayores.  Me pareció interesante no sólo el tema en sí, sino también que se me brindara la oportunidad de hacer una especie de balance del intercambio de experiencias producido durante unos meses entre el medio centenar de alumnos que asistieron a mi Taller de Escritura y yo.

Nunca, antes, había dado clases a nadie, hasta que un buen día tuve que vérmelas  encerrado en un aula con personas muchas de ellas de mi misma edad, otras algo más jóvenes pero algunas incluso mayores que yo. Calculé la edad que sumábamos entre todos: algo así como tres mil años.
De manera que en aquel espacio reducido, los años eran una presencia imponente y al mismo tiempo una llamada a la responsabilidad.
No se trataba de quitarnos edad sino de rejuvenecernos sin artificios. Es decir, de un modo inteligente y ameno.
En absoluto íbamos a someternos a la tortura de unos exámenes. Nadie debería sentirse en ningún momento forzado a escribir. Ni tampoco a leer textos, algunos textos que yo pensaba proponer,  si no le apetecía. Por tanto las clases, cuya asistencia, eso sí, se respetó al máximo de mutuo acuerdo, no eran clases en un sentido rígido y convencional. Eran clases a mitad de camino entre la charla informal y la tertulia con amigos.

Puedo decir ahora que estoy satisfecho del resultado. Y voy a detallar  por qué.  
 
Pero antes, permítanme que les cuente una anécdota. Esto de contar una anécdota para evitar que el público se duerma es algo que los conferenciantes anglosajones dominan a ala perfección. Te cuentan algo al principio de su discurso, algo gracioso, y así los asistentes se relajan. Prestan atención y piensan: vamos a ver, a lo mejor este tipo dice algo interesante.

Mi anécdota es la siguiente:
No hace mucho me encontré por la calle a una vieja amiga de tiempos de la Universidad. Empezamos juntos a estudiar Derecho. Luego, ambos abandonamos esos estudios. No nos habíamos visto hasta que, el otro día, en una de las salidas de En Corte Inglés (que es donde te encuentras con todo el mundo) ella se me quedó mirando y me preguntó si realmente yo era el mismo que ella creía que era. El mismo, le dije. Y me preguntó si estaba jubilado. Y qué hacia para matar el tiempo, ya saben, todas esas cosas.
Entonces le dije que en realidad yo no mataba el tiempo, sino al revés. Y que tenía un Taller de Escritura con personas mayores…
-¿Cómo? ¿Un taller de costura con mayores? ¿son chinos?
La saqué del error antes de transfigurarme en modisto con unas grandes tijeras entre las manos.
Me pidió disculpas por haber confundido escritura con costura.
-Perdona  -dijo- estoy perdiendo oído.

Pero luego me quedé pensando en que esas dos cosas, costura y escritura podían ser una misma cosa. ¿O no?
En el Taller de Escritura manejamos el lenguaje como en un Taller de Costura manejan los tejidos. En nuestro taller cosemos palabras, o las descosemos cuando no quedan bien, Lo mismo hacen con las distintas piezas de un vestido en un Taller de Costura. Me remito al vestido de novia de la duquesa de Alba, por ejemplo.
Nosotros, en lugar de botones o clips ponemos puntos y comas. En vez de planchar unos pantalones, por ejemplo, pulimos una frase hasta dejarla sin arrugas. Y así hasta que el hilo se acabe.
Pues bien, a mi vieja amiga que encontré casualmente en la calle, le agradecí el error cometido. Ya no lo considero error.

El diccionario de la Real Academia de la Lengua define la palabra experiencia en estos términos:
 
 “Experiencia es la enseñanza que se adquiere con el uso, la práctica o el vivir”.

Me quedo con el verbo vivir porque,  a nuestra edad, la experiencia más valiosa es la vida misma. Es decir, la suma de experiencias –también podemos denominarlas vivencias- que aun después de olvidarlas, o de creer que las hemos olvidado, reaparecen en los momentos más inesperados.

A todos nosotros nos regalaron cuando éramos niños una hucha para que aprendiéramos a ahorrar. Y a dar valor al dinero. Con los años, esa hucha ha adquirido la forma de la memoria. Y en ella depositamos nuestros ahorros, los recuerdos, a salvo de la voracidad insaciable  de los Bancos…

Todas esas experiencias pudieron ser buenas, malas, tediosas, excitantes, irrepetibles o dramáticas. Hay de todo en la hucha. Pero lo importante es que reconozcamos que ese capital ha forjado nuestra personalidad. Ha tejido nuestra historia y ha configurado nuestro destino. Lo que somos se debe a nuestras experiencias, mal que nos pese en algunas ocasiones.

Yo estaba a punto de cumplir siete años cuando en agosto de 1945 escuché a una tía mía que le contaba a una amiga que los norteamericanos habían arrojado la bomba atómica sobre el Japón. Dos islas, Hiroshima y Nagasaki, habían sido arrasadas por completo. Y la II Guerra Mundial se había terminado.

Cando escuché aquella conversación imaginé (o esto me parece ahora) a centenares de niños de mi edad alcanzados por la bomba. Imaginé sus casas reducidas a escombros. El horror de las imágenes fabricadas en mi cabeza superaba el que más tarde ofrecerían los documentales –el NO-DO, por ejemplo-  en las pantallas cinematográficas.

Transcurridos 25 años desde aquella fecha, cuando yo tenía 35, aterricé un buen dia en Nagasaki no como un turista de esa variedad de turismo del horror, que ya existe con éxito, sino como reportero de prensa dispuesto a reunir testimonios de algunos supervivientes, casi todos contaminados para el resto de sus vidas, y para  observar los míticos relojes de escuela con las manecillas paradas desde el instante mismo de la  devastación.
Naturalmente en Nagasaki recordé mejor que en ningún otro lugar la conversación de mi tía con su amiga, en agosto de 1945. Me parecía estar oyéndola como si se produjera ahora.

Y ahora, cuarenta años después de aquella visita a Japón, acudía al Taller de Escritura con mi experiencia para explicar en qué consiste, cómo se hace y qué alcance tiene un reportaje periodístico.
Comparé las dos versiones que dos periodistas norteamericanos, ambos premiados con el Pulitzer, dieron de aquélla tragedia mientras se producía.  Son dos versiones de un mismo hecho, pero muy distintas.  Son las dos caras de la moneda.

Uno acompañó a la tripulación del B-29, la superfortaleza volante, encargada de arrojar la bomba atómica. El otro, en cambio,  se enroló en una embarcación de pescadores japoneses y puso rumbo a las islas para ver el efecto de la destrucción. ¿Qué versión era moral y estéticamente la mejor?
Con la ecuanimidad y la serenidad que proporciona el paso del tiempo, la versión del periodista que  entró por mar era y seguirá siendo, muy superior a la del periodista que sobrevoló las islas en el avión que portaba la carga. Uno escribió el reportaje con culpa, sufrimiento y compasión. El otro lo narró como una hazaña bélica grandiosa, en un tono elegíaco tan hiriente que ahora ofende al lector.
Porque, ¿dónde está la heroicidad de una bomba? ¿Dónde pudo ver el periodista William Laurence la insuperable belleza del hongo nuclear que fulminó tantas vidas?  Laurence murió en Mallorca, al parecer atormentado, el año 1977. El otro periodista  tuvo una vida mas apacible y dilatada. Murió en su país, Los Estados Unidos, en 1993 a la edad de 80 años.

Volvamos al  diccionario de la RAE para saber cómo  define un taller:
    
Taller es una escuela o seminario de ciencias o de artes”, además, por supuesto,  de ser un lugar “en el que se trabaja una obra con las manos”.
Sin renunciar en lo posible al arte, en nuestro taller entendimos que escribir es conformar una obra que se hace manualmente de una manera artística, bien sea sobre el teclado de un ordenador, o con pluma y tinta sobre el papel.

Me llamó la atención que un alumno redactara todos sus trabajos con letras mayúsculas. Pensé que lo hacía así, con todas las letras  grandes, por comodidad o, tal vez, para fatigar menos mi vista cuando tuviera que leer y corregir sus relatos. Eran unos buenos relatos de viaje. Me armé de valor y le pregunté por qué no escribía como todo el mundo: con mayúscula al empezar una frase o al escribir un nombre propio, y minúsculas las restantes  palabras de esa misma frase.
Su respuesta fue que lo hacía así porque estaba acostumbrado a hacerlo de ese modo cuando redactaba informes y otros documentos en la agencia de viajes en la que trabajó un montón de años.  Siempre utilizaba mayúsculas. Era pura rutina. Ahora deseaba mejorar su estilo y narrar sus idas y venidas por medio mundo, pero no se planteaba hacerlo de otro modo. Si lo intentaba, añadió,  perdía espontaneidad. Se le iba la inspiración…
No pude estar más de acuerdo. Lo importante era eso: expresar con naturalidad unas experiencias o fantasías,  realidad o la ficción, esto daba igual. Pero escribir como si no se escribiera. Como si se hablara. Sólo así se logra escribir incluso aquello que tal vez no te atreves a escribir. En otras palabras: escribe aquello que no quieres escribir del modo que quieras escribirlo. Elimina todos los obstáculos. Olvida lo que haces, pero hazlo.  
El  alumno que escribía como si las letras minúsculas no existieran transfería su experiencia a los demás, a mí el  primero, para agregarla a nuestras experiencias.  

Cuando hablamos de poesía –tal vez el género más elevado de todos los géneros literarios- no se me ocurrió leer un poema mío de juventud (todos hemos cometido errores parecidos) sino la obra de poetas a los que he conocido: Vicente Andrés Estellés, por ejemplo, o Juan Gil-Albert. Y también la obra perdurable de otros grandes escritores que no traté pero que conocí como si los hubiera tratado a través de sus poemas.
Gracias a mi profesión de periodista pude entrevistar a lo largo de mi vida a varios premios Nobel, de Literatura o de la Paz, y de algunos nos ocupamos en el taller detenidamente. Había entrevistado en dos ocasiones a Joseph Brodsky, siempre en Nueva York, y en una de estas entrevistas hablamos de la muerte y anticipó su propia muerte: “El corazón me explotará”, dijo. Y así fue.  Después lo visité en el cementerio de Venecia. Brodsky amaba la ciudad italiana de los canales y de las góndolas  más que a Rusia, su país de origen. Y quiso ser enterrado en la pequeña isla próxima a Venecia donde los muertos, muchos de ellos escritores, conviven pacíficamente.

La experiencia propia, pero sin adulterar, la reclamaban los alumnos. Así, al tratar de la escritura de viajes, despegue sobre la mesa del Taller un largo y accidentado viaje en tren que emprendí a comienzos de los años 70 y me llevó por toda la India. En el centro de ese gigantesco tapiz se alzaba la efigie de la entonces primera ministra, Indira Gandhi, que gobernó con mano de hierro, y a quien entrevisté en la misma residencia oficial, en Delhi, donde pocos años después volví a verla muerta, acribillada por sus propios guardaespaldas.

Diré que cuando he mostrado a los alumnos del Taller estos y otros patrones de personalidades conocidas (El rey, un Papa, La Madre Teresa o un genio de las letras) la atención ha sido reverencial. El silencio absoluto. Así, todos identificaron a la Madre Teresa de Calcuta, quien para ser entrevistada me obligó a confesar  mis pecados a un jesuita inglés que la ayudaba en la Casa de los Moribundos. Acepté el chantaje espiritual. También acepté entregarl  un cheque al primer marido de Marilyn Monroe porque de lo contrario se negaba a contarme su vida, no sé si demasiado amorosa, con la famosa actriz. Extendió su mano al recibirme en su casa cerca de la frontera canadiense, pero no para estrechármela sino para que le metiera los dólares que habíamos pactado.

¿Y qué podría contar del Papa polaco? Visitó Nueva Orleáns  y lo acompañé con el grupo de periodistas acreditados por La Casa Blanca y el Vaticano. Lo observé de cerca. Se  dirigió a los negros del Mississippi, los negros de Mark Twain, y los  arengó para que rechazaran  la nueva esclavitud del consumo. Algunos negros sollozaban, no sé si de emoción o pensando en las letras que tendrían que pagar al Banco hasta liquidar por completo la compra a plazos de sus electrodomésticos…

También les diré que una alumna mayor que yo nos sorprendió con un relato estremecedor (acabará siendo una novela), un  relato en el que la vimos de niña cruzar a pie los Pirineos con sus padres, durante varias noches para no ser vistos por los fascistas. Y luego, una familia francesa a la que no conocían, les dio techo. Ella,  la niña, ahora con casi 80 años, sentada en el Taller, recibió allí su primera rebanada de pan blanco untada con mantequilla. La primera vez que probaba la mantequilla.
Pedí a la autora del relato que lo leyera en voz alta. Lo hizo. Dedicamos aquella jornada a tratar sobre los  fundamentos y el mérito de las Memorias, las Autobiografías, el género epistolar y los Diarios íntimos, justificadamente  apreciados por los historiadores.

Otra alumna escribió poesía, a mano, en valenciano, que todavía la hacía más hermosa y próxima, y alguna vez leyó esos versos en voz alta. Así apreciamos su intensidad y su fuerza.

En fin, amigos míos, el tiempo se acaba y debo añadir que un Taller, tal como yo lo concibo, es lo más parecido a una amistosa terapia de grupo en la que se produce cierta catarsis individual, se crean lazos y complicidades.

Un Taller de costura-escritura  se hace a la medida, es por necesidad  creativo y abierto. La pauta puede marcarla, por ejemplo, la noticia que acaba de conocerse  momentos antes de entrar en el aula, por la radio. O puede apoyarse en el sueño que nos despertó en plena noche. O puede desvelar una ensoñación por fin reconocida: la  de escribir más y mejor. Siempre con sencillez y naturalidad, como si no escribiéramos. Y  sin temor alguno, sabiéndonos libres y deseando seguir siéndolo.
Bueno, ya es hora de acabar.

Muchas gracias por su atención.
(19 de octubre, 2011)




Fuente: Universidad de Valencia
  
 
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