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24/6/2011 Aguirre el magnífico, según M. Vicent    libros
Nadie mejor capacitado que Manuel Vicent para escribir la biografía, sobre todo si es apócrifa, del decimoctavo duque de Alba, el ex cura Jesús Aguirre, cuya vida parece extraída de la ficción más que de la realidad.  
En el momento de nombrarlo biógrafo oficial, no sospechaba  el duque en la que se metía, a menos que deseara satisfacer (en el otro mundo) sus ocultos deseos masoquistas. Porque hay que decir que para el imaginativo y sarcástico autor de Pascua y naranjas el protagonista de su historia Aguirre el magnífico es como una perita en dulce. Y no es difícil imaginar al escritor frotándose las manos ante la primera página de su libro. En esta primera página se establece el tono de la narración. Vicent asiste a un acto cultural celebrado en 1985 en Alcalá de Henares,  presidido por el Rey, y allí descubre al duque “en medio del sarao, transfigurado, redivivo, como recién descendido de monte Tabor. Me acerqué y le dije bromeando: Jesús, ¿puedo tocarte para comprobar si eres mortal?”. Entonces el duque contestó a Vicent: “Querido, a ti te dejo que me toques incluso las tetillas”. Acto seguido el duque arrastra a Vicent al lugar donde está el Rey y dice: “Majestad, le presento a mi futuro biógrafo”. Pronunció el nombre y apellido de Vicent “mascando con fruición las sílabas de cada palabra”, pero el Rey ‘echó el tronco atrás carcajeándose’ y exclamó. “Coño, Jesús, pues como lo cuentes todo vas aviado”.

No podemos negar que, a la vista de lo escrito por Vicent,  el Rey tuvo muy buen olfato. Se diría que en su toisón de oro oculta un detector de mentiras. Y si no de mentiras de exageraciones muchas de ellas tan disparatadas que el lector no sabe a qué carta quedarse. No sabe si Vicent inventa muchas de las cosas que cuenta en su retablo ibérico (subtítulo del libro) o son sus fuentes (amigos del duque) los fabuladores de esta asombrosa historia.
¿Se trata de una novela rosa? ¿De un reportaje novelado? ¿De una variedad de biografía sin aparato alguno documental? Hoy, los géneros literarios están rotos y sus contenidos  entremezclados y en desorden. Vicent parece  cómodo en ese desorden que apenas exige esfuerzo al  renunciar a la organización del material. Si el lector espera rigor, su espera es inútil. Ni siquiera se respeta algo tan elemental como el orden cronológico de los hechos.

Lo puramente descriptivo, colorista y superficial –la banalidad irá ganando terreno- serán los elementos que desde la escena inicial de Alcalá de Henares van a soportar  el peso, no excesivo, de la narración. La marquetería lingüística, como señala W.G Sebald (1) lleva a ciertos escritores, y desde luego a Vicent,  a hacer de ella “un método literario”.  
Así, vemos cómo le fascina la aparición de “una bandeja de aluminio llena de chorizos, y el Rey volvió a exclamar “¡Hombre, un chorizo! ¡Venga, a por él!”. El narrador se abstiene porque padece úlcera de duodeno: “Mientras ambos (el Rey y el duque) en silencio salivaban el don del cerdo, pude contemplar cómo por la barbilla  real y por la comisura del duque se deslizaba una espesa veta de grasa, imagen de una felicidad que más que a la monarquía y al ducado correspondía al pueblo llano”.

Este va a ser el tono y el tratamiento formal del texto de principio a fin. No hay otros registros. La pluma de Vicent va de lo barroco a lo desenfadado. Funde una cosa con la otra. Unas veces predomina lo primero y otras lo último. Es la fórmula que caracteriza al autor valenciano. Soy  algo cursi, parece decirnos, pero sé cómo contenerme. Sé cómo mantener el equilibrio.
¿Cuántas conversaciones mantuvo el biógrafo con el biografiado? ¿Cuántos, si alguno, documentos u otros papeles personales o familiares le mostró y confió Jesús Aguirre al Manuel Vicent?
Estas preguntas tendría que responderlas Vicent. Porque de la lectura de su libro sólo apreciamos una ausencia absoluta de fuentes documentales. Todo lo que se expone parece provenir de una acumulación de rumores, chismes y cotilleos, confidencias de terceros y alguna que otra charla, presumimos que breve y superficial, con el duque. El biógrafo se nutre de lo que le cuentan sus amigos y, sobre todo, de los testimonios del escritor García Hortelano, al parecer el que más intimó con Aguirre. En ocasiones se tiene la impresión de que el trabajo de Vicent ha consistido en cortar y pegar lo que ese grupo de amigos o conocidos del biografiado le iban confiando. Pero aun siendo el papel de Vicent, como investigador, escasamente activo, esto no parece ser obstáculo para que el escritor se cuele constantemente en el relato, de tal forma que a veces tiene el lector la impresión de que la biografía no es sólo la de Aguirre el magnífico sino, además, la de ManuelVicent. Seguramente el retablo ibérico consiste en esto: vas metiendo allí lo que te viene en gana –la corte de intelectuales que adulaban y adoraban al duque, para empezar- y las propias ocurrencias del narrador mirándose su propio ombligo a la luz del Mediterráneo.

Pero indiscutiblemente el producto, fiable o no, verosímil o no, resulta entretenido. Y esto es lo que espera el público de un libro que gira en torno a las extravagantes andanzas de un tipo estirado, altivo,  como era el duque. Y al final lo de menos es que los hechos se ajusten a la realidad. ¿No esperan los lectores de Vicent un poco de intranscendente diversión? ¿O prefieren los sesudos trabajos de Javier Pradera, un incondicional del duque, siempre densos y tediosos? Por lo menos Vicent hace reír, unas veces mas que otras. Y ahora más que nunca necesitamos risas. Necesitamos desacralizar santones, buena carnaza para los espacios rosa y basura de las televisiones,  y la literatura de éxito no puede, ni debe, quedarse al margen. Buena parte del anecdotario que contiene este libro ameniza las conversaciones de bar y de peluquería. Nos apetece saber, y Vicent lo cuenta, que la duquesa de Alba castigó con pena de destierro al duque (que se mudó a un hotel frente al Palacio de Liria) cuando se enteró de que se la estaba pegando. Con una señora que es dieciocho veces grande de España y posee cuarenta y cuatro títulos nobiliarios y es una de las cinco mujeres más ricas del mundo no se juega. Nos gusta saber que aunque Aguirre todo eso “se lo pasaba por la cornisa de sus turbulentos genitales” (pág. 199) no por ello dejaba de estudiar y de ordenar los legajos hasta entonces desordenados de los Alba. Claro que queremos saber  estas y otras cosas, por ejemplo que el duque (pág. 191) era muy agrio con los inferiores, trataba mal a los criados, y de pronto en cualquier restaurante decidía odiar a un señor desconocido sentado a otra mesa”. Y no deja de sorprendernos que se nos revele que “Aguirre solía cambiar mucho de ricos y si iba a una de sus piscinas  a bañarse, después venía contando cómo eran las toallas”.
Por eso, ¿qué mas da que el texto tenga altibajos y que se haya escrito de una manera caprichosa y desordenada, cuando segrega esta clase de bilis? Adelante, suplica el lector. Caña, caña. Si es posible que no quede ni uno sin recibir su merecido garrotazo. Y si el precio a pagar por estas y otras interesantes revelaciones es aguantar el yo casi omnipresente del autor del libro, vale. Lo aguantamos. Porque Vicent no es la clase de biógrafo invisible que reserva el espacio y los focos para el biografiado. Ni mucho menos.  Vicent se incorpora a la acción en cuanto puede. La primera persona del narrador eclipsa la voz del personaje. Aunque uno sea, naturalmente, el primer actor, el otro es un aceptable actor secundario. Además siempre queda la posibilidad de saltarse esos párrafos en los que la prosa vicentina se ocupa de Vicent, algo de verdad cargante (pág, 127):
 “Uno de los represaliados de Munich era el periodista valenciano Vicente Ventura, quien pasó dos años de destierro en la casa de labranza que el canónigo Espasa tenía en Denia. La casa, heredada de sus antepasados huertanos, estaba en la partida de La Pedrera, rodeada de siete hanegadas de almendros, viñedos,  naranjos y olivos, desde la que se divisaba todo el golfo de Valencia a traves de un espacio esmerilado unas veces por el mistral y otras por las ráfagas violentas del llebeig, que rompían el silencio preternatural cuando Denia era todavía un paraíso. A Ventura le habían prohibido escribir en el periódico, pero no hablar con sus amigos, entre los que me encontraba.
A Denia acudían a veces el escritor Joan Fuster, el cantante Raimon y el escultor Andreu Alfaro. Yo había conocido a Ventura en Valencia durante la carrera de Drecho cuando él ejercía una agitación política en las tertulias del Kansas City y en el otoño de 1962 a veces lo veía en el puerto de pescadores de Denia. Yo quería ser escritor, pero esta obsesión de momento no había dado ningún resultado. Creía que bastaba con que a uno le gustaran las gaviotas. En realidad no se me ocurría nada, ningún argumento cómico o tenebroso, poético o vulgar, ninguna pasión o aventura, ningún personaje.  Sólo me excitaba mirar la vida, oír el sonido y el silencio de la naturaleza, esperar el rayo; en cambio Ventura sólo hablaba de política, estaba obsesionado con derribar a Franco. Venía del Frente de Juventudes con incrustaciones de carlismo, pasó a la socialdemocracia de Ridruejo con un toque de humanismo cristiano y terminó en un nacionalismo contestatario de izquierdas. Pisando las algas podridas vomitadas por el mar después de las tormentas de septiembre, me contaba los pormenores de la reunión de Munich, de una extraña misa que les celebró un tal Jesús Aguirre, el primer cura al que vio vestido de paisano, con una aire de Capitán Araña porque  a la hora de la represión desapareció del mapa. En España la prensa franquista había organizado una contraofensiva contra Europa, que fue motivo para que la solicitud española de entrar en el Mercado Común quedara prácticamente anulada, pero a mí me excitaba más la nube de gaviotas que acompañaba la arribada de las barcas de pesca a media tarde al puerto y los gritos de la subasta del pescado en la lonja (…)”.
Más adelante, cuando Vicent vuelve a ocuparse del represaliado Ventura, escribe lo siguiente: (…) Ventura me consideraba un frívolo porque sólo me interesaba la bajamar extasiada que hacía aflorar los erizos en los fondos de roca cerca de las calas, la luz inmóvil del mediodía que condensaba el aroma de brea en el muelle, donde los gatos dormían sobre las redes tendidas. Tal vez ser escritor consistía en saber expresar con las palabras exactas la sensualidad de la bruma dorada que se levantaba y se abría hasta dejar un sol blanco suspendido en la mente. Ésa era mi filosofía. Pero Ventura me dijo: ‘¿Sabes qué es la filosofía? Según Joan Fuster la filosofía consiste en agarrar a una vaca por los huevos’. Ningún contubernio, ninguna política por muy honesta que fuera me conmovía, sino el resplandor en los párpados cerrados como una verdad cierta e indemostrable, eso era lo que me gustaba”.
Pero si te saltas esta parrafada, genuina e inconfundiblemente vicentina, pierdes la única y breve alusión relevante que se hace del entonces clérigo Aguirre (“a la hora de la represión desapareció del mapa”), por lo que no es aconsejable pasar por alto las melifluas divagaciones entre pastoriles y falleras de Vicent, aunque nos irriten o adormezcan.

El libro es una sucesión de pastiches precedidos por un sumario argumental, como era costumbre en algunas  obras del siglo de Oro, y coronados por una fecha.
Probablemente las mejores páginas son las que su autor dedica a la infancia y primera juventud del protagonista, hijo de madre soltera  y de  padre militar franquista, porque Vicent se aleja de la parodia para relatar un período de la vida de Aguirre en absoluto fácil. El hijo buscará más adelante al padre. Querrá conocerlo. Y el encuentro es decepcionante al parecer para ambos, padre e hijo. Este episodio recuerda un relato de John Cheever  (2) en el que un padre se siente culpable por haber ignorado a su hijo durante demasiado tiempo, y concierta una cita para pasar un día con él, pero todo sale mal. El encuentro es un fracaso. Al lector le embarga una sensación angustiosa, por otra parte no tan difícil de producir cuando el escritor se lo propone, y concluye que a menudo es peor el remedio que la enfermedad. En el caso de Vicent se dan las circunstancias idóneas para que el lector se emocione y simpatice con Aguirre. Pero Vicent no aprovecha esa oportunidad. Y como si su propósito fuera que el duque nos caiga mal, bloquea la posible aparición de buenos sentimientos. Procura que el lector permanezca frío y así podrá aceptar inmediatamente el tono burlesco que impregna las restantes páginas.
No serán amables ni compasivas las frases que Vicent reserva al duque cuando su madre, recluída en una residencia no demasiado lejos del palacio al que se ha trasladado Aguire, enferma y muere (pag. 251): “Había pasado unos años recluída en una residencia de ancianos de la calle Cid, en Madrid. Nunca había ido a verla, ni siquiera cuando la operaron al quedarse casi ciega. Había muerto de cáncer en la clínica Ruber hacia la mitad de los años ochenta. Lo llamaron del diario  El País para poner una esquela, pero él se había negado. Quería que su muerte pasara inadvertida para la prensa. El médico Caba, que la había asistido en toda su enfermedad, le pasó una minuta de 110.000 pesetas. La mujer del médico, Anne-Marie, tuvo que ir a cobrarla directamente a Liria después de varios intentos inútiles. Ya con el sobre en la mano, fue despedida por la puerta de servicio”.

Ahora, bajo tierra desde mayo de 2001, es imposible saber si al duque le habría gustado el retrato de Vicent o le habría producido el mismo enfado que le hizo escribir  a su viuda, doña Cayetana de Alba, una carta  (3) dirigida al autor de Aguirre el magnífico que publicó el diario El País en su página más destacada. La carta reprocha a Vicent, entre otras cosas, haber escrito lo que él mismo calificó de “esperpento literario”. Y lo critica por haber tenido la osadía de ridiculizar a su fallecido esposo cuando ya no puede defenderse. Por eso es ella quien le contesta pese a ser consciente “de que esta carta puede proporcionarle publicidad gratuita, que posiblemente le vendrá muy bien para el objetivo que perseguía cuando decidió escribir sobre mi marido”. La duquesa proclama que su marido la colmó de felicidad durante muchos años.

De la duquesa se ocupa Vicent en un largo entrecomillado, por tanto como una declaración textual de la misma duquesa, que nos ofrece en la página 209: “Al principio fue difícil –manifestó la duquesa-. Era una persona nueva que entraba en nuestra vida, pero con el tiempo se creó una armonía estupenda entre nosotros. De todos los hombres que han pasado por mi vida, Jesús es el que más lejos me ha llevado en los éxtasis”. Más adelante escribe Vicent que “el duque se puso macarra y aseguró que él y Cayetana follaban todos los días. Los amigos empezaron a especular sobre qué clase de sortilegios realizaría este ser en  la cama y dónde los habría aprendido”. Y vuelve Vicent a entrecomillar las palabras de Aguirre: “En privado mi mujer es más apasionante, más sorprendente, mucho más peculiar que yo, por eso se casó conmigo”.  Para apurar algo más el tema, Vicent se interroga “qué diablos haría este hombre para mantenerla siempre en vilo y no desmerecer frente a la competencia de toreros, gitanos, bailarines, actores famosos que habían atravesado su existencia”.

Pero, ¿mantuvo alguna entrevista Vicent, en calidad de biógrafo del duque, con la duquesa? ¿Recabó información Vicent, directamente, o estamos una vez más, ante  especulaciones de los amigos? El lector empieza a sospechar que no se produjo ningún encuentro entre el biógrafo del duque y  la duquesa de Alba. La duquesa prestó escasa o ninguna atención al escritor. El biógrafo no aclara este asunto. Y al leer el “esperpento literario” dedicado a su marido, doña Cayetana no oculta su indignación.  

Cuando Jesús Aguirre me recibió, como a tantos otros periodistas, en el palacio de Las Dueñas a mediados de mayo de 1992, (4) tuvo interés en revelar que todos los días escribía sus Memorias del cumplimiento  y lo hacía “sin un solo objetivo, siguiendo los consejos de Pascal y Montesquieu. Sin ideas intermedias. Nunca califico a nadie. Por ejemplo, al señor Rojas Marcos, actual alcalde de Sevilla lo llamo señor Rojas Marcos. Ya es bastante. Algunas veces me refiero a él como alcalde de Sevilla. No hago esfuerzos. Hace demasiado calor”. Añadió que también escribía Diarios “para terror de mis amigos, como dijo Javier Pradera. Son notas. Nombres. Color. Sonido. Olfato. Sin comentarios. Sólo events. Me siento mal si no escribo esos diarios. ¿Desde cuándo? Desde 1957. Cuando  era estudiante. Es lo único que he llevado a Suiza, mis diarios.  Pero no están escritos para publicarse en vida. Podrían ser publicados después de mi muerte. Cinco años después de mi muerte. Pero eso lo decidirá mi heredero.. el duque de Huéscar. Habrán muerto casi todos los que están en mis diarios. Asi que no son el terror de nadie”.  

Seguramente Vicent ignoraba la existencia de estos papeles, existencia que no era ningún secreto puesto que por aquellas mismas fechas (mayo de 1992) aparecieron publicadas en El País las palabras pronunciadas por el duque durante la entrevista mantenida con él. ¿Cómo se explica que un biógrafo preste tan poca atención? ¿Nunca le preguntó a Jesús Aguirre qué escribía, además de aquellos incomprensibles y eruditos artículos también publicados en El País? Es muy chocante. Claro que si de lo que se trata es de montar un manido y facilón retablo ibérico, como si fuera un tablao de feria, están de más cualquier clase de documentos -diarios, memorias o correspondencia- por mucho que los biógrafos profesionales los consideren indispensables.
 
El escritor García Hortelano, de quien Vicent toma hasta la respiración cuando le sopla al oído confidencias, es sin duda el más pródigo y locuaz  de los amigos a la hora de  suministrar anécdotas. Todo lo que hace el autor es sazonar esas anécdotas con un toque personal. Desde luego las hay en cantidad y para todos los gustos.

Hacia el final de su libro, cuando se habla de la enfermedad y muerte del duque, el lector acusa cierta opresión propia de una atmósfera que se diría  kafkiana. Y no precisamente por la naturaleza del texto de Vicent, que es la antítesis de cualquier texto de Kafka, sino por la naturaleza del autor que sufre una implacable metamorfosis y se convierte, de la noche a la mañana,  en el gusano de un cadáver llamado Jesús Aguirre. Al cerrar el libro le deseas mejor suerte que la que corre el protagonista del cuento más famoso de Kafka: que nadie de la familia agarre la escoba y lo aplaste hasta matarlo escaleras abajo.

Es insoportablemente grotesca una parodia cuando el escritor pierde el sentido de la medida. En el extenso fragmento titulado “Sucedió en Madrid el milagro del copón de oro mientras Carrero Blanco volaba a los cielos”,  aparece el confidente García Hortelano, ahogado en gin tonic, dispuesto a suministrar la dosis prescrita de fabulación histórica al biógrafo valenciano. Es un episodio estrambótico que se remonta a 1973 (pág. 150 y siguientes) en el que se nos pone ante lo que parece ser una panda de gamberros compuesta por miembros de la generación literaria del 36 (Torrente Ballester, Luis Rosales, Dionisio Ridruejo, Luis Felipe Vivanco, Camilo José Cela, Laín Entralgo, Antonio Tovar y el abogado Rodrigo Uría), todos ellos integrantes de una tertulia “de media tarde en la que se hablaba de todo y de nada, aunque cada uno de los contertulios estaba muy cargado de recuerdos. Sobre la muerte de García Lorca podía hablar Luis Rosales ya que el poeta había sido detenido en su casa (…) Cela pudo haber soltado cualquier animalada como un sargentón fascista con voz tonante, (…) Tovar ya había repetido mil veces  la entrevista de Franco con Hitler (…) en la que intervino como intérprete (…) y “según García Hortelano se estaba hablando en ese momento del libro que iba a sacar Laín Entralgo sobre el descargo de conciencia de aquella generación que había participado en la Falange, cuando la mujer de Torrente le llamó desde la puerta del pasillo. El escritor abandonó el salón, circunstancia que aprovechó García Hortelano para pedir otro gin tonic. Al poco rato Torrente Ballester volvió desolado a la reunión (…), pues en la habitación de su hijo Gonzalito habían aparecido debajo de la cama dos candelabros de plata labrada y un copón de oro lleno de hostias (…) todos los componentes de la generación del 36 abandonaron las butacas y los sofás del salón para dirigirse al cuarto de la aparición milagrosa. Ridruejo, el más aventado, levantó las faldas del cubrecama y los demás doblaron el espinazo para ver lo que había debajo del lecho, y ninguno dejó de soltar una exclamación de pasmo o de sorpresa. En efecto, entre los dos candelabros de plata antigua relumbraba el oro de un copón cargado de obleas. Nadie se atrevió a tocar aquel alijo prodigioso. Las hostias podían estar consagradas, en cuyo caso el hecho de tocarlas sería un sacrilegio (…) En un acto de inspiración exclamó Ridruejo: ‘Hay que llamar al padre Aguirre. Es el único que tiene tablas para solventar este asunto’. Camilo José Cela dio su parecer. ‘¡que coño, ese ya no es cura!’ (…) Aguirre pensó que le llamaban para dar la absolución a algún escritor infartado de los allí reunidos, pero explicado el caso de forma sucinta el padre Aguirre pidió ver el alijo (…). Se arrodilló junto a la cama, alargó el brazo, cogió el copón y lo llevó hasta el salón y lo depositó sobre la mesa de centro (…) Al amparo de la luz casi tenebrosa de los candelabros que echaban las sombras puntiagudas de los escritores contra las paredes de la estancia, el padre Aguirre pronunció estas palabras: “La santa madre Iglesia, en un canon, que en este momento ya no recuerdo, dice que cuando se encuentren unas obleas fuera del sagrario, en caso de duda se considerará que están consagradas, así que procedamos como Dios manda”. A continuación pidió a todos los presentes que se arrodillaran porque iba a darles la comunión y todos consternados así lo hicieron, pero dado que en el copón había más de trescientas hostias les advirtió que no iba a dárselas una a una, sino en pequeños tacos para abreviar ‘porque él había quedado con un amigo y no terminaría la ceremonia hasta la madrugada’. “Deberán ustedes sacar la lengua lo más posible, disolver las formas en la boca, sin rozarlas con los dientes, y tragárselas sin masticar, ¿de acuerdo?, advirtió”.

No es preciso consumar el pastiche. Menos García Hortelano, que permaneció con su gin tonic en la mano, ”toda la generación del 36 se arrodilló sobre las baldosas”, sentencia Vicent,  y recibió la comunión. (…) Camilo José Cela tampoco desaprovechó la ocasión para soltar la inevitable blasfemia: ‘aunque estén consagradas me gustaría tomarme estas hostias  con un poco de mistela y mermelada’. Y el biógrafo concluye que “probablemente fue ésta la ultima ceremonia en que Jesús Aguirre ejerció el ministerio sacerdotal”.

No merece la pena abrir nuevos interrogantes acerca de la veracidad del chascarrillo. Al menos el lector agradece el tono jocoso del narrador, desprovisto por una vez de horteradas y cursilerías, aunque sabe que la pareja Hortelano-Vicent todo lo que pretende es tomarle el pelo.

Abundan las viñetas de parecida calidad. El retablo, no lo olvidemos, es ibérico. El esperpento es literario. El pitorreo es el eje de la narración.  Porque ni siquiera en los momentos dramáticos de la vida del biografiado muestra Vicent simpatía, respeto o consideración alguna. En sus manos el duque es un muñeco de trapo.

La relación que existió entre el cura Aguirre y el joven antifranquista Enrique Ruano, defenestrado por la policía en la comisaría madrileña a la que fue conducido, marcó al parecer la vida del futuro duque de Alba. La fotografía del estudiante estaba en su mesa como una reliquia. No es de extrañar que cierta izquierda acomodada e intelectual se fijara en aquel cura flaco y tímido, pero muy ambicioso, y lo apoyara en las misas que celebraba para los progres universitarios. Si este cura no llegaba a Papa sería porque antes de ascender en el escalafón abandonaría el sacerdocio y tomaría otros derroteros. como así fue. Pero su ascenso era imparable.
Luego, el grupo de amigos que anhelaba perpetrar el asalto al palacio de invierno, el palacio de Liria, para celebrar fiestas del pensamiento servidos con guante blanco, se quedaron con las ganas. El avispado Aguirre les negó el acceso. Aun siendo cultos no dejaban de ser plebe.

Javier Pradera, Juan Benet, García Hortelano, Gil de Biedma y algunos otros, aparecen y desaparecen en las páginas del libro como lo hicieron, o lo harán, en la vida real, sin despertar demasiado interés. Van como esos tramoyistas contratados para el montaje y lucimiento del retablo. Pero  a todos los eclipsa Manuel Vicent.  

La descripción que ofrece Vicent cuando el duque lo recibe en Las Dueñas es memorable: “Había en los patios rumor de fuentes, vuelo blanco de mirlos y una brisa perfumada que te acariciaba el lóbulo de la oreja” (pág. 235). Embriagado, al parecer, por la belleza y dimensiones del palacio, esta frase puede haber sido escrita, como el resto del libro, con un propósito satírico, pero tal vez no. Frases de esta naturaleza, pegajosas y preciosistas, forman como una gigantesca ola de entusiasmo futbolero, una cadena de adjetivos y tópicos baratos que no parece agotarse en la prosa de Manuel Vicent.  ¿Más parodia de sí mismo en el acto de escribir? El duque de Alba le mostró el palacio “como si se tratara de un ajuar”, comenta su biógrafo. Y el lector ya los ve cogidos del brazo, o de la mano, y piensa: tanto monta, monta tanto.

Refiere Vicent que Aguirre le echó los tejos a la princesa Irene de Grecia (página 192) pero el Rey le paró los pies: “Jesús, por ahí no. Pon tu fe en otra caza. Jesús contestó: Majestad, la fe es la salvación pero no un consuelo”. Y a renglón seguido Vicent sentencia que “la princesa Irene de Grecia pasó a ser una de las manzanas prohibidas del Paraíso, que quedó intacta en el árbol de la ciencia del bien y del mal, y entonces Jesús Aguirre, que se movía a sus anchas por los salones de la aristocracia cañí, gracias a su amistad con la duquesa de Arión, se consoló jugando a seducir a la duquesa de Alba”.  

Sin duda, el duque pudo responder con esas o muy parecidas  palabras al Rey, pero es improbable que éste, escasamente dotado para la improvisación verbal, utilizara la frase que Vicent cita entrecomillada, o sea como frase textual, (‘pon tu fe en otra caza’),  cuando el monarca debió de utilizar  cualquier otra expresión  menos retórica que las vicentinas.

Por último, no sería justo pasar por alto el encuentro que el enfermo Aguirre mantiene con el director del servicio de oncología la Clínica de La luz, en Madrid, en el despacho de éste. Vicent no da el nombre del médico pero sí su cargo, por lo que resultaría fácil identificarlo. Si el doctor sigue vivo quizá desaprobaría haber sido citado, como hace Vicent, de forma literal. Las conversaciones entre médico y paciente suelen ser confidenciales.
Pero sea como fuere, el doctor comunica al duque los resultados de las pruebas que revelan un cáncer de faringe. “¿Eso qué significa, doctor?, preguntó Aguirre con una angustia que ya no daba lugar a ironías. ‘Eso significa que has desarrollado un cáncer y que está en su fase más aguda. Pero eso no significa que vayas a morir. Hoy la medicina está muy avanzada. Nos vamos a cruzar con ese demonio en unas sesiones de quimio y de radioterapia. Te pondrás bien. Ya verás’ contestó el doctor. “Un cáncer a mí, decimoctavo duque de Alba, un cáncer a mí, Jesús Aguirre? ¿Un cáncer a mí, que fui un elegido de Dios? ¿Voy a perder el pelo?” “No necesariamente”, dijo el doctor (…). Se puso a llorar, como todos. Lloraba por nada. Al oír música, al ver que el perro le lamía los zapatos (…) Lloraba. Lloraba”.
Las palabras de Aguirre no parecen ser las que pronuncia alguien, sea o no duque y se considere o no un elegido de Dios, en circunstancias como las descritas. Que llore, pase. La noticia es atroz y puede provocar el llanto del enfermo. Pero que le preocupe quedarse sin pelo, es algo de verdad chistoso. ¿Le habría regocijado al enfermo, por mucho que él mismo se riera de medio mundo y también de la otra mitad, ver escritas frases tan ridículas como éstas?

Naturalmente cuando se aproximó al fin el duque se desplomó. Estaba deprimido y se apartó de la farándula. El hombre se desprende de la máscara aunque sólo sea para que la sustituyan por una boquilla de oxígeno. Los mirones están de más.

Lo superfluo y lo chusco chirría cuando no ofende, muy a  pesar del envoltorio de palabrería: “Entonces me fijé en sus zapatos (pág. 48). Nunca había visto que zapatos de esa clase los calzara nadie en este perro mundo. Tenían el empeine de lonilla color manteca con horma y remaches de cuero marrón arañado y cordones con botonaduras doradas. Estaban elegantemente gastados (…) Zapatos de esa hechura solo pudo haberlos llevado algún millonario exquisito de entreguerras en la Promenade des Anglais en Niza, acompañado de una dama con pamela y un caniche en brazos, instalados en el hotel Negresco”.

La mirada de Manuel Vicent recuerda la de esos cosecheros que calibran a ojo el peso de una mandarina cuando cuelga del árbol. Acertar el peso parece algo extraordinario. No necesitan más. Su mirada es como una báscula. Es la mirada del escritor que renuncia a  profundizar. Una mirada superficial. Todo lo que debe hacer es retocar las apariencias para acomodarlas a sus propósitos. No podemos calificar de arte lo que sólo es un oficio. Como los copistas de pintores admirables hacen lo mejor que pueden su trabajo. El original siempre será superior.

(Aguirre el magnífico. Editorial Alfaguara, 2011)
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(1)    W.G. Sebald, Sobre la historia natural de la destrucción. Editorial Anagrama, 2003.
(2)    John Cheever, “Reunion”, The Stories of John Cheever, Alfred A. Knopf, 1979.
(3)     El País, 20 de marzo 2011.
(4)    Ignacio Carrión, Diarios (1961-2001) “La hierba crece despacio”. Editorial Edaf, 2007.


 







Fuente: Pasajes del Pensamiento
  
 
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