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7/5/2011 Stevenson predicador    libros
Las setenta páginas de este libro son magníficas y sorprendentes: las del traductor y prologuista Santiago R. Santerbás, las de la señora Stevenson, Fanny Osbourne y, cómo no, las que contienen unos textos poco conocidos  del autor de La isla del tesoro.
Santiago R. Santerbás refiere que hace años, “por debilidad  o capricho”,  tuvo “la ocurrencia de traducir, sin contrato editorial alguno ni compensación pecuniaria” estas Oraciones siendo él mismo un descreído. Claro que las oraciones pronunciadas por Stevenson (1850-1894) en el vestíbulo de su casa de Vailima (Samoa) “no eran fervorines para mojigatos” sino “declaraciones aconfesionales igualmente válidas para un cristiano, un sintoísta, un pagano polinesio o, si se me apura, un buen ateo”. Pretendían “expresar ciertos deseos primarios del ser humano y manifestar su gratitud y su alegría por el simple hecho de vivir”.
La señora Stevenson publicó estos textos en 1895, un año después de la muerte de su marido. Para el creador del Dr. Jekyll y Mr. Hyde, “la oración, la súplica directa constituía una necesidad”. El libro reúne 14 oraciones seguidas del solemne Sermón.
En Para pedir gracia suplica librarnos del miedo a la muerte para que “podamos recorrer el sendero de nuestra vida sin deshonor para nosotros ni daño para los demás y, cuando llegue la hora, podamos morir en paz”. En la Oración de la noche, pide que “despertemos con una sonrisa y vayamos sonrientes a nuestro trabajo”. Y también “que se refrene al codicioso y al perverso”. En  Plegaria por los amigos reclama fortaleza “para aceptar la muerte, las privaciones y los desengaños como si fueran briznas de paja en la corriente de la vida”. Conviene “rememorar el largo camino (…) el abismo y el fango, la negrura de la desesperación, el horror de los extravíos de los que hemos sido rescatados”. Insta a que “palpemos con nuestras manos el daño que causamos” y pide que “el Señor engrandezca y haga brillar ese daño como un sol ante nosotros”, que “somos malos” y  debemos enmendarnos.
En el Sermón de Navidad el tono se aleja del manual de autoayuda. “Cuando un hombre ha vivido hasta alcanzar una vejez honesta, lleva sobre sí la marca del servicio. Puede que nunca se le haya visto en la brecha a la cabeza de un ejército; pero al menos habrá perdido sus dientes en el campo de la lucha por el sustento”. Hay frases lapidarias: “El fracaso es una porción de nuestro destino (…) sólo se cumplen las ilusiones engañosas y no hay necesidad de desesperación para quien ya está desesperado”. Puesto que “a medida que envejecemos todos caemos en la tentación de censurar los placeres de nuestros prójimos”, pide moderar “un sentimiento desmesurado de la gravedad de la vida” y  no empeñarnos en  mejorar la conducta de nuestros semejantes: “Sólo estoy obligado a mejorar la conducta de una persona: yo mismo”. Pero añade que “expresaría mucho más claramente mis obligaciones con mi prójimo diciendo que tengo que hacerlo feliz –si puedo”.
        
Ediciones Rey Lear, 2011


Fuente: Le Monde Dilomatique
  
 
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