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7/5/2011 J.D. Salinger, "Una vida oculta"    libros
Hay pocas figuras literarias contemporáneas más enigmáticas (y excéntricas) que la de  J. D. Salinger, un autor de culto (también popular) cuya obra llama la atención por su brevedad, su sencillez (aparente) y su transparencia.
Kenneth Slawenski dedicó diez años a rastrear la vida (1919-2010) y milagros de Jerónimo David quien  una vez alcanzado el éxito por su novela corta El guardián en el centeno –que causó sensación dentro y fuera de los Estados Unidos- decidió esconderse en un bunker alejado del mundo para meditar unas veces sentado en el sillón arrancado a un automóvil y otras cultivando un jardín ecológico.
La principal aportación de la biografía de Slawenski no está en sus documentadas 548 páginas sino en el deseo que éstas suscitan para leer, o releer, la obra de Salinger. Así, en El guardián en el centeno, que se remonta a los años 50 y tuvo una laboriosa y extenuante gestación, ya configura Salinger su propio futuro a través del protagonista adolescente (páginas 260-261 Alianza Editorial, cuarta edición) cuando escribe: “me construiría a una cabaña y viviría allí el resto de mi vida. La levantaría cerca del bosque (…) me haría la comida yo mismo y luego, si quería casarme o algo así conocería a una chica guapísima que sería  también sordomuda y nos casaríamos. Vendría a vivir a la cabaña conmigo y si quería decirme algo tendría que escribirlo en un puñetero papel como todo el mundo. Si teníamos hijos los esconderíamos en alguna parte. Les compraríamos un montón de libros y les enseñaríamos a leer y a escribir nosotros mismos”. Y a renglón seguido añade: “Pensando en todo aquello me excité muchísimo. De verdad”.
El protagonista de El centeno no es sordomudo. Tampoco Salinger era sordomundo. Pero uno y otro desean no oir a los demás, y no ser escuchados. Desean escapar de un mundo, de una sociedad asfixiante e hipócrita. De una vida insatisfactoria. Se rebelan contra los falsos valores por los que se rigen sus semejantes. Cuando comprenden que la única fórmula para salvarse es la huída, el aislamiento, la sordera y hasta la ceguera, dan ese paso. Uno, el adolescente que nos mantiene en vilo a lo largo de la novela, ejecuta imaginariamente su deseo. El otro, el escritor Salinger que ha creado al personaje, cumple inexorablemente el deseo. Y se querellará (ya enloquecido) contra quienes utilicen incluso su imagen en los periódicos. Reclamará sus escritos no publicados. Ordenará a su agente que queme toda la correspondencia que mantuvieron durante años. Comprará las cartas que encuentre por ahí, dirigidas a amigos que las vendieron. Hará lo imposible por borrar su existencia del mundo. También denegará los derechos de reproducción de algunos relatos así como cualquier posible versión cinematográfica de su obra.
Todo ello es resultado de una vida en conflicto y de unas experiencias que lo sobrepasan como ser humano. Y cuando Salinger echa mano del hombre escritor para que lo salve, no encuentra al personaje que busca. Sólo se da de bruces contra sí mismo. Y por supuesto contra ese universo literario al que de muy joven se aproxima porque ante todo sueña con ser un buen escritor.  Es decir, la clase de escritor que se exige a sí mismo mucho más que lo que puedan exigirle otros escritores o editores (The New Yorker y su formidable equipo literario), por no hablar de los lectores que lo son todo pero al mismo tiempo no son nada.
Esta es una biografía escrita con veneración y nutrida con aportaciones externas durante los siete años que su autor ha mantenido abierta una página en la red dedicada a J.D. Salinger (www.deadcaulfields.com), página que ha sido  considerada por el The New York Times como la mejor fuente sobre Salinger en Internet. Sin duda merece  la pena visitarla.
El trabajo del biógrafo es minucioso. Como lector, no sabría uno si valorar mas los años de infancia y juventud que los años de madurez y desaparición pública del escritor. La relación con sus padres tiene una importancia crucial. La madre, que adoraba al hijo, siempre creyó que éste iba destinado a la grandeza. Durante mucho tiempo mantuvieron una correspondencia casi amorosa. Una complicidad de la que tendría que distanciarse Salinger para progresar. No como estudiante, que sólo sobresalió en lengua, sino como artista que habría de sorprender por su tenacidad y entereza cuando fueron rechazados sus originales (centenares de veces por semanarios de prestigio que no percibieron su talento innovador) sin que esos rechazos y humillaciones afectaran la confianza en sí mismo. La relación con el padre fue pobre. Un hombre de negocios con éxito no aceptó que su hijo quisiera ser actor, como al principio era el deseo de Salinger, y luego escritor. Pero el padre delegaba gustoso en su esposa. El acontecimiento familiar mas traumático para Salinger fue la muerte de un hermano. El fantasma de esa criatura lo persiguió siempre y en todas partes. Reaparecerá en su obra como una figura sublime y sublimada, una sombra atravesada por sentimientos de amargura, de pérdida  y de nostalgia. También de culpa.
El recorrido biográfico nos permite enlazar experiencias vividas  y el desarrollo de ciertos temas literarios. Los relatos se entienden mucho mejor si sabemos qué hay, o pudo haber, detrás de ellos. Y sobre todo cuando llegan a manos de los editores y éstos desean negociar fragmentos para hacerlos publicables. Es decir, para acercarlos a un lector tradicionalmente acostumbrado al relato convencional que prevalecía hasta la llegada de Salinger. J.D. Salinger acude a la redacción de The New Yorker dispuesto a defender sus principios literarios, muchas veces intuitivos, pero ha de ceder a las presiones del mercado aunque sin sacrificar la esencia. Cuando ve que está en peligro de traicionar su credo, se va. Y ni siquiera lo retienen pagándole una elevada cantidad mensual para disponer del derecho de primera lectura de sus originales. No acepta pactos ni intromisiones. Él, que ha conocido durante la guerra a Hemingway, no quiere convertirse en un segundo Hemingway. Quiere afirmar su estilo, crear personajes que apenas van a guardar parecido con los que encuentra durante la campaña militar: aquí captará el alma, el drama de unas vidas luchando,  pero poco más. ¿Y esto por qué?  En cierto modo recuerda a Primo Levi, y a otros escritores, cuando sólo pudieron contar la experiencia del lager  a través de una obra anclada en el yo sufriente, y no lograron en cambio crear la gran ficción sobre una monstruosidad de semejante envergadura. La verdad desnuda y nítida tendría mucha mas fuerza y credibilidad que la verdad inventada y con trucos. Las memorias o los diarios (en el caso de Salinger sus cartas) satisfacieron esa necesidad de comunicar las atrocidades. Pero éstas se resistían a ser compartidas de otro modo. Tal vez sería necesaria una segunda vida, en términos de distanciamiento y de equilibrio mental, para que el escritor sometido a esa durísima prueba fuera capaz de producir una obra de ficción sin ser devorado en las primeras páginas antes siquiera de rozar el arte.  
Salinger es un ojo abierto y enorme que sobrevive a sus tres años de servicio militar, al desembarco del día D, al avance en territorio enemigo en una unidad que muy pronto queda diezmada, que llega a Dachau, que vive (pero no puede revivir) la pesadilla de la que no se recupera, y no olvida, y arrastrará  “las heridas físicas y psicológicas durante el resto de su vida”, como señala Slawenski en uno de los capítulos (Infierno) más estremecedores de la biografía. El mismo Salinger tuvo que internarse en el hospital de Nuremberg para seguir un penoso tratamiento psiquiátrico. Por algo existe el relato descorazonador, imprevisible  y desconcertante, titulado El pez plátano  (1947) que acaba con el asombroso advenimiento de un suicidio. Por algo Salinger huye del éxito como del peor enemigo y busca refugio en el aislamiento y en  la meditación. Y por algo equipara la poesía con la espiritualidad (A boy in France) aunque al  dar la espalda al mundo destroce, muy a pesar suyo,  a su propia familia.
Editorial Galaxia Gutenberg 2011


Fuente: Revista de Cccidente
  
 
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