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8/2/2011 Ensayistas y profetas: Harold Bloom    libros
Los ensayos que Harold Bloom dedica a  los veinte escritores reunidos en este volumen difieren en extensión pero no en profundidad, osadía o brillantez. Bloom jamás defrauda a lectores deseosos de acompañarlo por unos desfiladeros donde un paso en falso los despeña al vacío. Pero con él siempre se alcanza, en el instante preciso y a la altura  adecuada, la panorámica que deseábamos admirar.
Que unos autores hayan soportado mejor que otros el azote del tiempo, el vaivén de las modas intelectuales o estéticas, o el interés intrínseco  de sus obras,  importa poco. Lo que importa, intuimos desde el principio, no es aislar esas obras en el vacío sino, muy al contrario, interrelacionar unas con otras. Harold Bloom agita la coctelera de su pensamiento mezclando ingredientes sin temor a marearse. No arranca sus ensayos sobre ensayistas con la guinda final (Albert Camus) sino que lo hace descorchando la Biblia, el libro de los libros, para depositarnos a continuación en brazos de Michel de Montaigne como si se tratara de un ama  nodriza.   Y entre el instaurador oficial del género, Montaigne, y el autor de El extranjero “que sustituye la blancura de Moby Dick por la del sol” (de Argel), nuestro mentor elabora el canon de profetas y ensayistas como quien cuelga una ristra de ajos en la pared de su cocina: Pascal, Dryden, Johnson, Rousseau, Boswell, Hazzlitt, Carlyle, Emerson, Kierkegaard, Thoreau, Ruskin, Pater, Nietzsche, Freud, Du Bois, Huxley, Scholem … Sartre y su apéndice Camus.
El gran chef Harold Bloom  irá  disponiendo de esos ajos según las exigencias del recetario, es decir, de un canon tan personal como impredecible. La digestión de ciertos platos, aun siendo gratos al paladar, puede provocar acidez.
Ejemplos (La Biblia): “Juan es evidentemente un judío antisemita, y el cuarto Evangelio es un texto antisemita completamente destructivo, aunque desde el punto de vista teológico y emocional resulta vital para la cristiandad”, escribe Bloom. Y más adelante afirma que “la influencia de la Revelación está completamente desproporcionada respecto de su fuerza literaria y de su valor espiritual. No sólo ha contribuido a aumentar toda la palabrería que se ha vertido a lo largo de la historia, sino que ha afectado a los grandes poetas, desde Dante y Spenser hasta Milton, Blake y Shelley. El género apocalíptico (….) siempre acaba volviendo la mirada a la Revelación (desde Melville hasta Pynchon, los visionarios americanos están a la sombra de ka Revelación (…)”. La transcendencia que Bloom da a las palabras de Jesús: “En verdad, en verdad os digo: antes de que Abraham existiera, Yo soy” es un eco que resuena -ese Yo Soy- a lo largo del libro como un pronunciamiento inicial sin el que sospechamos que el libro carecería de significado.
En el diálogo que Bloom entabla con los veinte ensayistas del canon proporciona datos biográficos esclarecedores y en ocasiones pintorescos  de muchos  de ellos. Esto humaniza a sus interlocutores, más bien sus iguales.  Así, a Ralph Waldo Emerson, a quien admira más que a ningún otro y  que profesaba “el amor del genio a la soledad” le reprocha “no haber escrito un ensayo que se titulara El problema económico de la aflicción” aunque no era necesario ya que “la mayoría de sus ensayos llevan esta frase como subtítulo oculto”.
Harold Bloom dispara ráfagas dialécticas ingeniosas: “Emerson insiste en que no hay historia, sólo biografía, lo cual puede darnos la clave de por qué es prácticamente imposible escribir una biografía de Emerson”.
También explora el  pathos de Emerson que “temía más a la ceguera que a la muerte, aunque los miembros de su familia, aquejados de tuberculosis, morían jóvenes”. Refiere que “hubo un episodio de ceguera histérica durante sus años de universitario y su recuerdo, aunque reprimido, aflora en toda su obra”.
Los escritores que mas  han influido a Harold Bloom, además del admirado Emerson, han sido el doctor Johnson, Hazlitt, Pater, Nietzsche y Freud. A estos dos últimos, que distingue por encima del resto, les dedica  una atención especial: “Lo que Nietzsche tiene en común con la Biblia hebrea y con Freud es, sobre todo, el impulso de encontrarle un sentido a todo, de interpretarlo todo”. Y añade: “Pero, ¿ofrece Nietzsche alguna forma de entender la realidad que no dependa de la cultura literaria? Desde luego que no. Y (…) esto es lo que le diferencia de todos los psicólogos y filósofos que le anteceden”.



Fuente: Revista Occidente
  
 
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