artículos
{ Volver  
 

 
5/1/2011 El sueño del Celta   
Ala vida de Roger Casement (1864-1916), protagonista de la última novela
histórica de Vargas Llosa, dedicó hace quince años el escritor alemán
W.G. Sebald un capítulo magistral de sólo 33 páginas en Los anillos
de Saturno, libro inclasificable como el resto de toda su obra.
La antítesis literaria de Mario Vargas Llosa es W.G. Sebald: uno, austero y
sobrio en el uso del lenguaje; el otro –Vargas Llosa– florido y hasta malgastador
de palabras, sobre todo diminutivos. ¿Escribiría Sebald (por otra parte
fallecido en 2001) que una “casita es diminuta” (pág. 383) o que una plaza
es una “pequeña placita” (pag. 450), como hace el escritor peruano? Todos
entendemos que una placita es siempre pequeña, y que una casita es diminuta.
Sin embargo, el premio Nobel incurre en toda clase de melindres descriptivos,
para irritación del lector.
Dicho esto, El sueño del celta se convierte muy pronto en una pesadilla dividida
en tres partes de la que deseamos librarnos cuanto antes: la primera,
sin duda la más interesante, la dedica a novelar lo que el mismo Roger Casement narra en su estremecedor
informe elaborado en el Congo, un catálogo de atrocidades perpetradas por los esbirros del rey Leopoldo
de Bélgica (La tragedia del Congo, ediciones del Viento, 2010) que incluye fotografías de niños con miembros
amputados, castigo habitual reservado a los indígenas que no alcanzaban la cuota preceptiva de caucho.
La segunda sección de la novela (Amazonía, Perú) es como una farragosa reiteración de la primera. Y
la última, dedicada a la ayuda prestada por Casement a los independentistas irlandeses, carece de la trepidación
narrativa que cualquier lector ya exhausto al alcanzar la página 340 del libro espera del autor.
Entonces añoramos a W. G. Sebald quien en 33 páginas nos deleitó con su biografía de Roger Casement,
Mario Vargas Llosa quiso dar vida a un personaje que, de héroe al servicio de la Corona Británica, pasa
a ser villano cuando la misma denuncia por la que había sido premiado –los informes que elaboró en calidad
de cónsul de Gran Bretaña– la traslada a la situación irlandesa. Y esta traición, unida a la ignominia
de ser un “perverso homosexual”, lo convierte en poco tiempo en un condenado a muerte.
A lo largo del libro se alternan los capítulos del calabozo con los de las correrías de Casement por el
mundo. Pero el lector habrá de poner mucho de su parte para compadecer a un reo sin otra profundidad
que la de leer el Kempis y sollozar en el hombro de su carcelero. Que lo atormente el descubrimiento tardío
de unos diarios íntimos tan inverosímiles como repugnantes está lejos de satisfacer incluso nuestra curiosidad.
De manera que lo acompañamos al patíbulo sin estremecernos. Pensando que la proliferación
de películas y de reportajes dedicados a la pena capital nos han endurecido literariamente.


Fuente: Le Monde Diplomatique
  
 
nota legal