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20/10/2010 Los muertos y Canetti    libros
ELIAS CANETTI. Libro de los muertos. Traducción de Juan José del Solar. Texto establecido por Tina Nachtman y Kristian Wachinger. Editorial Galaxia Gutenberg, 2010, 208 pp.

Tanto como la muerte de su padre, de su madre, de su hermano Georg, de sus esposas Veza y Hera o de su maestro Sonne, debió obsesionar a Canetti el intento de asesinar a golpes de hacha a su prima Laurica cuando era un niño de cinco años.
Este episodio dramático y sin duda  determinante en la vida de Canetti lo relata el escritor en La lengua salvada, uno de sus mejores textos autobiográficos, y lo hace  con una extraña mezcla de vergüenza, terror y nostalgia. A aquél intento de asesinato se referirá Canetti en más de una ocasión. No lo consideraba anecdótico. Sorprende que los editores del Libro de los muertos no lo mencionen siquiera en el prefacio de esta obra póstuma del prolífico Nobel de Literatura de 1981. Se habla de otras muertes que actúan como estímulo creativo, emocional e imaginativo del autor que vive en rebeldía el fenómeno de la muerte. Y cuyo enfado crónico ante la perspectiva de tener que morir marca de una manera u otra su pensamiento y el conjunto de su obra.
Canetti se dejará llevar por la idea de la muerte para extraer de esa idea, por repulsiva que le parezca, la energía necesaria para soportar el peso de la existencia. Y solo cuando vayan apareciendo otros textos inéditos  de Canetti, todavía embargados por decisión propia del autor, descubriremos la verdadera identidad del escritor. ¿Decidió Canetti, como hizo Freud, proteger a terceros con esa ocultación de sus manuscritos depositados en Zurich, o tal vez se proponía  protegerse a sí mismo? ¿Temía ser juzgado y tal vez condenado demasiado pronto?
Al no saber  todo sobre  Canetti es tentador conjeturar cualquier cosa y leer entre líneas lo que nunca reveló.  Nadie relata la vida de Canetti mejor, ni con mayor hondura, que lo hizo el mismo Canetti. En este sentido es un hábil seductor que nos acompaña y alecciona como lo haría un guía experimentado en la visita al museo de sus obsesiones. Llegado a un punto se detiene. De aquí no pasa nadie. Nos dice que volvamos al museo dentro de unos años. Entonces abrirá las restantes salas. Y el lector se pregunta si cuando se abran por fin esas salas se descubrirá una obra inédita superior a la ya publicada. O lo que queda por ver es inferior o incluso mediocre comparado con lo que conocemos y  admiramos.
Desde siempre, a Canetti le obsesionaba la muerte. Pero con el paso de los años también le obsesionaba el destino de sus manuscritos, el modo y el momento en que debían ser dados a conocer. El criterio de su valoración. El lugar que se les destinaría en el futuro. Elias Canetti odiaba la muerte pero le fascinaba la posteridad. porque le inquietaba  la posteridad. Encerrado en su obra sobre la muerte como en una fortaleza desafiaba a la muerte. Se sabía mortal pero le otorgaba a su obra el poder de  inmortalizarlo.
Desde esta perspectiva, el Libro de los muertos, cuya aparición en España, y en español, se adelanta a la  publicación en Alemania y en su lengua original, es un hecho que los lectores de Canetti agradecemos puesto  que cualquier nuevo texto suyo nos incita siempre a revisar el criterio que teníamos de él.  ¿Será tan genial ahora como antes? ¿Arrojará más luz a lo escrito previamente?
Sin duda es así: el Libro de los muertos no nos decepciona.  La edición cuida todos los detalles y ofrece unas notas elaboradas para ordenar, esclarecer y traducir aquellos textos en francés o inglés que Canetti incorporó en sus propios apuntes tomados a  lo largo de casi medio siglo (1942-1988) en ocho cuadernos que encabeza con distintos títulos, pero siempre alusivos a la muerte.  Al gran tema del que no se apartó nunca.
Pero volvamos por un momento al intento de asesinato  que protagonizó a los cinco años, cuando esgrimió un hacha y persiguió a su prima Laurica con el fin de matarla. Tenía  la muerte al alcance de su mano, y no como un tema de reflexión propio de un adulto. Y si no consumó el crimen fue porque se interpuso su abuelo esgrimiendo un bastón y consiguió desarmarlo. Este hecho, y el recuerdo del que no pudo deshacerse,  habría de torturarlo a lo largo de su vida hasta el punto que convirtió la muerte en impulsor de toda su obra. Ya que quise matar, hablemos de lo que quise hacer. Pongamos palabras a la memoria. Resucitemos al abuelo quien  “salió de casa armado con un bastón, corrió hacia mí, me arrebató el hacha de las manos y me increpó furioso”.
¿Por tan poca cosa puede matar un niño? El motivo no deja de sorprendernos. La prima Laurica le había quitado unos cuadernos. Se burlaba de Elias diciéndole que era demasiado pequeño y no sabía leer. Pero Canetti ya sabía leer. Y para recuperar los cuadernos persiguió a Laurica hasta acorralarla. La niña todavía se negaba a entregarle los cuadernos. Era mas alta que Canetti y  alzó el brazo y los depositó sobre un muro. Esto enloqueció al niño hasta el extremo de ir a por el hacha de cortar leña y …  “cogí el hacha y sosteniéndola derecha con las dos manos recorrí el largo camino de vuelta con un canto asesino en los labios que iba repitiendo incansable: ¡Agora vo matar a Laurica! (…) Al verme volver con el hacha sujeta entre las manos, ella escapó chillando. Chillaba tanto que parecía que ya la hubiera asestado algún hachazo. Chillaba sin parar ni un instante, ahogando fácilmente mi grito de guerra, que yo repetía para mí obstinadamente, aunque en voz no especialmente alta: ¡Agora vo matar a Laurica!.
En la forma de narrar este episodio no  ahorra Canetti  los detalles con el fin de comunicar  al lector la sensación de goce, y no solo de rabia, que le producía asestar un hachazo a su prima. Hay una repetición de determinadas palabras que intensifica el dramatismo y, con él, el placer de matar a la persona que lo humilla. El goce de interpretar una escena asesina con el papel del verdugo y no de la víctima. El verdugo ejerce el poder de quitar la vida al condenado. Se le encomienda esa acción. Se le ordena matar, y mata.  
Canetti se deleita recreando un crimen que no llega a consumar no por un fallo de su determinación sino por la inesperada y providencial  aparición del abuelo. Canetti se enfrenta a la muerte no como un espectador sino como un actor. Él es el protagonista.
Para no ser presa fácil de la muerte, para evitar que la muerte juegue con él, Canetti se declara en contra de la muerte. Desprecia a los que viven intimidados por la muerte y se someten a ella de antemano. No puede negar su existencia pero siempre se enfrentará a la muerte. En cierto modo su vida perpetúa la escena criminal de su infancia: un niño armado con el hacha de las palabras perseguirá, incansable, a la muerte.
Por otra parte, la que aspiraba a ser la gran obra de su vida, un libro descomunal sobre la muerte, acabará siendo paradójicamente un texto inconcluso, apenas unitario, una recopilación de apuntes inconexos, de extensión desigual, aunque siempre breves, pero en absoluto va más allá de una quimera. Y el proyecto que debía alcanzar la misma cima que Masa y poder, lo va dilatando, demorando y desmoronando. Canetti se resiste a imaginar que la muerte, sobre todo a cierta edad, puede sobrevenirle en cualquier momento. Y esto es lo que ocurre.
La muerte, como el abuelo en su infancia,  desarma al niño y lo castiga. De tal modo que el esfuerzo que el rebelde malgasta durante años para no aceptar sumiso la muerte, se vuelve contra él. Desafía a su enemiga. Y ésta malogra la culminación de su obra.
Se trata, no obstante,  de un libro triunfal y hasta cierto punto luminoso para un escritor radicalmente pesimista y sombrío. Su delirio no es el de un Quijote. Es un delirio articulado en torno a la sistemática negación de la muerte aunque esta negación no le lleva, ni mucho menos, a la afirmación redentora de la vida.
Cuando recibe el Nobel de Literatura piensa que su discurso debe ocuparse, cómo no, de la muerte: “Me gustaría pronunciar en Estocolmo el discurso contra la muerte. Deberá ser el discurso de mi vida”. Pero al día siguiente rectifica: “No voy a pronunciarlo”.
En otro lugar escribe: “Me niego  a ir a donde mis antepasados en silencio”.  Y en otra página, en 1977, declara: “Si nunca dejo de anotar lo que se me ocurra en esas horas (una o dos horas diarias pensando en la muerte), irá surgiendo espontáneamente el libro por el que en realidad he vivido”. Ese mismo año advertirá  que lo que teme no es el presente de la muerte. “La temo como pasado. Vivo con todos aquellos que se me han muerto, pero ahora son tantos que pierdo la visión de conjunto y descuido a algunos (¿muchos?) de ellos”.



Fuente: Revista e Occidente
  
 
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