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9/9/2010 Biografia de John Cheever    reseña
   
 PARODIA DE UN ESCRITOR CANALLA

Hay un momento en la insuperable biografía de John Cheever que el lector duda si echarse a reír o tomar en serio los problemas que acucian al escritor. Es cuando Cheever decide enviar a toda su familia al psiquiatra ya que éste se revela incapaz de curarlo a él. Entonces su mujer, a la que conoció en un ascensor del que quiso y no pudo bajarse inmediatamente, le hace caso. Pero el psiquiatra se pone del lado de ella. El problema de la pareja gravita en el escritor: alcohol, homosexualidad y depresiones. ¿Qué papel desempeña la esposa? Pero ni uno ni otro son capaces de separarse y del infierno de esta convivencia suburbana (no quedan excluidos los tres hijos) extraerá Cheever una magnífica obra de ficción, casi siempre realista. Su primer relato lo escribe (y publica) a los 16 años. Casi todos van apareciendo en The New Yorker. Crean escuela. Proliferan los imitadores. Pero nadie como él narra la mezquindad, la hipocresía, las envidias, las rivalidades, las infidelidades y los egoísmos de las parejas de clase media norteamericanas, ni la atmósfera asfixiante de las comunidades suburbanas en las cuatro últimas décadas  del pasado siglo. La vida es parodia. Y es canalla. La esposa es un personaje detestable. Los hijos son motivo de angustia y de preocupación. La homosexualidad (al principio la rebaja de forma benévola a tendencias bisexuales) es una pesada carga que  lo lleva al alcohol. Y el alcohol a las depresiones. Pero también, por suerte, a la escritura. Y esta es su terapia hasta que aparece el primer delirium tremens y habrá de ser internado en un hospital. No lo matará el alcohol, del que se libera. Lo matará un cáncer ya septuagenario. Solo la proximidad de la muerte que llega con una sensación de “cansancio extremo” logrará apaciguarlo. Porque “la esencia de la sexualidad”, escribe ya con los huesos corroídos, “es la incontinencia”. En una entrada al final de su Diario (obra fundamental editada en España por Emecé) agradece a un amante masculino que le proporcione un último y sublime orgasmo,  pero ya con un pie en la tumba. Y un clérigo (al que desprecia)  acude a darle la bendición. Cheever se agita, quiere que se vaya. “Le hice la señal de la cruz en la frente y se quedó absolutamente en paz”.  
Por su diario íntimo la viuda cobrará un millón de dólares. La familia se resarcirá de los excesos del quejumbroso escritor a quien el biógrafo se acerca con simpatía.
La lectura de esta  biografía empuja a leer los Diarios sin los que el trabajo de Blake Bailey habría sido imposible.
Ambos libros son la mejor introducción para abordar la obra del escritor que sería considerado como el Chejov norteamericano.
En los Diarios el lenguaje es descarnado. No existe sublimación ni metáfora que no haya sido arrasada con herbicidas. Solo escuchamos la voz de un hombre desesperado. Y solo leemos la palabra de un canalla  incomprendido.



Fuente: Le Monde Diplomatique
  
 
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