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27/5/2009 Un año en el Otro Mundo    Un año en el otro mundo
Sin solemnidad alguna, porque no era en absoluto un escritor solemne sino sencillo y socarrón, nos advierte Julio Camba (1882-1962) que “el periodismo, aun el más ligero y el más superficial, tiene cierto derecho a entrar en la Historia, si bien no pueda nunca desempeñar en ella un papel mucho mas brillante que el que desempeña en un reloj una aguja de marcar los segundos”.

Yo comparto esta opinión. El segundero al que se refiere Camba  nos permite añadir a la división del tiempo que marca la Historia de cada día una fracción más breve que la hora y el minuto, pero lo bastante dilatada como para registrar allí un dato, una observación o un detalle que de otro modo se perdería. Y esa observación puede ser muchas veces reveladora.

Las crónicas, los artículos o los breves ensayos reunidos en este volumen son, en su gran mayoría, ligeros y superficiales. La obra de Julio Camba no es la de un profundo pensador sino la de un magnífico periodista que se encuentra en el mismo lugar donde ocurren los hechos, los observa y reflexiona sobre ellos para exponerlos casi siempre con humor, con una concisión irreprochable y una sencillez que el lector agradece.  Camba es amigo de frases rotundas pero no dogmáticas. Sabe cómo simplificar y comprimir un pensamiento o una intuición. Sin embargo, pocas veces suscita el rechazo que despiertan tantos periodistas y narradores pedantes de su época, o de cualquier época: a Camba le espanta la pedantería. Lo que sabe, y es mucho, lo cuenta sin darle la menor importancia, como si no lo supiera.

 “La alegría americana es una alegría puramente física”, deja caer en la introducción de este libro. Y acto seguido nos explica por qué la alegría del aquel pueblo es física, incluso mecánica, como lo son sus risas puesto que a diferencia de los europeos los norteamericano ríen, incluso se carcajean,  pero ignoran lo que es la sonrisa. Es decir, el verdadero rostro de una alegría no expuesta por completo al sol sino en la penumbra. Aunque Julio Camba no diga exactamente estas cosas las insinúa y permite  al lector que piense por su cuenta en ellas. Con pocas palabras, las justas, todo queda dicho, incluso lo que no dice: ¿Acaso es preciso remachar el clavo?

Por otra parte, la aguja del segundero se mueve rápido. No hay que detenerla. Hay que aprovechar ese instante a sabiendas de que enseguida estás obligado a pasar al siguiente. Debes, pues, valorar lo efímero. Y disparar una sola vez en la diana.

El mérito del periodismo de Camba no está en su retórica, ni en su afición por un costumbrismo narrativo cáustico al uso, demasiado imitado después de Larra, ni en su moderada tendencia al sarcasmo sino en todo esto junto  y en la negación misma de todo esto. Quiero dercir que Camba, lo mismo que un periodista contemporáneo suyo, el norteamericano E.B. White (1899-1985), es un escritor que no comete excesos. Es, ante todo, moderado. Y practica este autocontrol temeroso, sin duda,  de incurrir en el peor enemigo de un humorista: creer que tiene gracia.

Si nos hace gracia Camba, y casi siempre nos la hace,  es porque huye de la fácil tentación de ser gracioso. Y si nos hace pensar se debe a que él se niega a pensar por el lector y disimula el hecho de estar pensando en lo que escribe cuando escribe.

Lo que hace  Camba  extremadamente bien es mirar a su alrededor con una mirada de asombro, de incredulidad y de simpatía. Mira no una sola vez sino dos veces seguidas  para asegurarse de que lo mismo que ha visto al  principio vuelve a verlo al final.  Y ya corroborada la visión, describe lo que ha contemplado. En ocasiones, aunque no siempre, va un poco mas allá y luego de lanzar esas miradas al exterior dirige una hacia el interior de sí mismo.  Pero la introspección conviene practicarla con cautela, algo que Azorín –por citar un caso evidente- se permite en ese desdoblamiento patológico que, a pesar suyo, lo acerca al filósofo sin alejarlo del narrador atrozmente descriptivo.

Y es que lo importante para un escritor, y todavía mucho más para un periodista, es reconocer que la mirada escribe. Y puesto que la mirada escribe, quien no aprenda a mirar y no ejercite la mirada, la desarrolle, la depure y perfeccione, jamás dejará en el segundero de su reloj otra cosa que el ruido de la máquina que lo mueve.  Y por mucho que conozca el lenguaje, por rico que sea su vocabulario, la escritura siempre adolecerá de esa visión que proporciona la mirada propia, nunca la mirada prestada.

Como ocurre con los pintores en cuya paleta están ya todos los colores imaginables,  antes de crear algo el escritor también  debe inventar su propia mirada y descubrir la realidad a través de ella.

En todas sus crónicas, en sus artículos y ensayos, independientemente del interés del tema que desarrolle, reconocemos la mirada de Julio Camba.  No hay que hablar de estilo, no hace falta. El estilo es un artificio. Es una falsedad formal alimentada por materias supuestamente novedosas pero perecederas. Y el estilo de algunos escritores acaba siendo la máscara que oculta no solo el rostro del escritor sino que además camufla grotescamente la realidad para que ésta se parezca a quien la observa y no a la misma realidad.  

En este libro la visión que ofrece  Camba  de los Estados Unidos y, en particular, de Nueva York, puede resultar  efectista e ingenua para un lector de hoy. Pero  para los  lectores  de Camba en los tiempos de Camba, hace cien años, ese retrato de Nueva York y de los norteamericanos era desconocido y sorprendente. Y el modo de contarlo resultaba cercano, comprensible y ameno.

Julio Camba era un viajero con experiencia. Conocía Europa a la perfección. Se podía permitir establecer comparaciones entre el Viejo Continente y el Nuevo Mundo. Y su curiosidad y dotes de observación eran contagiosas.

Si a  Camba le hubieran dicho en 1915 que aquel país, entonces con cien millones de habitantes, en el que a los extranjeros apenas les exigían un salvoconducto para visitarlo, iba hoy a obligar  a los turistas de todo el mundo a estampar sus  huellas dactilares en una pantalla, como si fueran delincuentes, y además se les iba a fotografiar la cara electrónicamente como a cualquier sospechoso, algo que se hace ahora en las fronteras de los Estados Unidos, si esto mismo lo hubiera alucinado el cronista Julio Camba,  y lo hubiera escrito sin darle importancia,  ¿lo habría tomado alguien en serio?

Sin embargo, cualquier lector atento y suspicaz  intuye el curso monstruoso  de semejante evolución gracias a ciertos signos premonitorios que el periodista marca entre líneas en el segundero de su reloj.
La profunda superficialidad del periodismo hace imperecederos bastantes artículos de Julio  Camba  y  es por lo que ahora nos atrae su lectura.

“¿Qué harían los americanos de nacimiento alemán si las cosas llegaran a tal punto que los Estados Unidos exigieran su concurso para combatir a Alemania?”, se pregunta poco antes de romper las relaciones diplomáticas estos dos países y de enfrentarse en el campo de batalla. “La tragedia moral sería espantosa el día en que su patria de adopción los llamara a luchar contra su patria de origen”, añade.  Los que él denomina  “alemanes americanizados” sumaban entonces un 15 por ciento de la población estadounidense.

La crítica social, sus incursiones en el análisis político, las crónicas enviadas a su periódico durante las elecciones presidenciales que llevarían a Woodrow Wilson (1913-1921) a la Casa Blanca, se leen hoy como si hubieran sido escritas hoy mismo, tal es su actualidad.  “¿De qué sirve la democracia en los negocios?”, manifiesta a Julio Camba un entusiasta del candidato republicano Hughes, el hombre “que representa a los capitalistas de Wall Street”.  Y enseguida Camba apostilla esto: “Hughes, en fin, representa el materialismo de una civilización de cantidad, en la que la calidad no cuenta para nada. Dólares, muchos dólares,  business, puentes, teléfonos, grúas, rascacielos, estrépito, velocidad (…). A medida que el pueblo se llena de dinero se despoja de contenido espiritual.”

Su irónico pronóstico sobre el futuro de la prensa norteamericana, desgraciadamente válido para casi toda la prensa del mundo, esta prensa entregada al sensacionalismo y a la manipulación, parece confirmarse: “¿Adónde va el periodismo americano? Las noticias del día nunca se podrán adelantar en más de veinticuatro horas. El tamaño de los titulares nunca podrá exceder de una cuarta. Y cuando un periódico haya alcanzado estos límites tendrá forzosamente que paralizarse”.

Para quienes hemos vivido un tiempo en los Estados Unidos, y hemos recorrido aquel gran país, las páginas que Julio Camba dedica a la “psicología de las catástrofes” son aleccionadoras y entretenidas. Nos recuerdan los sobresaltos que padecimos tantas veces cuando se anunciaban los peores huracanes, diluvios, y terremotos que –por suerte y mal cálculo-  no llegaban a producirse nunca en la escala anunciada por los sádicos hombres del tiempo.

Julio Camba profesaba un saludable y alentador escepticismo que lo protegía, creo yo, de lo bueno y de lo malo. A fin de cuentas, el bien y el mal se confunden con excesiva facilidad y pueden confundirnos con demasiada frecuencia. Aquí y allá, a lo largo de sus escritos, sospechamos  que la convicción mas profunda de Julio Camba era no abrazar ninguna en particular, pero considerarlas todas.  



Fuente: Julio Camba
  
 
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