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1/11/2008 Un trapo de cocina   
Veo un tranvía  convertido en comedor de circunvalación recorriendo Valencia a vuelo rasante de murciélago. Con ballesta, cocina incorporada, mesas y bancos de madera abiertos al estilo de la antigua jardinera. No se aceptan tarjetas de crédito pero sí la permuta: tú comes mi sepia y yo me llevo bicarbonato de tu farmacia de guardia. Los guardias de seguridad, sin trabajo. No hay nada que guardar, salvo las fiestas, en los mercados de la profunda crisis. ¿Crisis de qué tipo? Las raciones por fin son moderadas. Todo fresco, de mercado. Y el tranvía se detiene ante las barricadas de escombros de la huerta para repostar únicamente coles de Bruselas. No hay otra cosa. Pero se proyectan vídeos con suculentos platos creados por los magos de la cocina de la confusión. La guerra de chefs se ha acabado. Carece de sentido. No hay estrellas mas que en el cielo. Los michelines desaparecen de nuestros vientres. El pan sabe a pan. El vino, a vino. Y la pasta se divide en dos: la italiana por un lado, la española por otro. ¿Diferencia? La primera en diez minutos y a la mesa. La otra a un interés subprime del 20 por ciento revisable. Y si no, vuelta y vuelta al ladrillo. Paleta en lugar de tenedor. Estos ladrillos ya han sido almacenados en despensas y frigoríficos a la espera de mejores contratas. Todos sonrientes. A mal tiempo, buena cara. Y mejores digestiones. Tallas de ensueño. Dos alcaldesas por el peso de una. Coches oficiales utilitarios y de bajo consumo. ¿Chofer? Desaparecidos. ¿Camareros y vice camareros?  Autoservicio y gracias. Propina, cero. Como en Wall Street donde para sortear la crisis reducen el tamaño de las raciones en todos los macro restaurantes. Se acabó el doggy bag aunque pongas cara de perro. Y espejos deformantes que reflejan la silueta de los famélicos comensales: ¿fueron acaso gordos? ¿O lo habremos soñado? Una célebre escuela de gastronomía la convirtieron en Gran Bretaña en clínica de adelgazamiento: terapia de hambre. Y dos pájaros de un tiro: te cosen la boca con hilo de palomar y no hay forma humana de meter la cuchara y, segundo pájaro, imposible articular palabra o protestar. Un leve gemido. Cuando ya estás en tu peso, a escupir o a blasfemar a la calle.  
El Vaticano elimina el precepto de la vigila,  del ayuno y de la abstinencia, ese histórico coñazo, e instaura su propia franquicia  llamada pizza pontificia que la guardia suiza reparte en monopatín bajo palio. No es una comida rápida sino lenta, lentísima. Como un rosario de 15 misterios gozosos y dolorosos. Cuando  a tu boca llega la bendita pizza, con la máxima morosidad, ya imploras desesperadamente los santos óleos.
Por otra parte, queda absolutamente prohibido por obsceno ese acto practicado asiduamente por camareros y/o camareras de tiempos de la abundancia, en el que desplegaban la servilleta sobre tus rodillas y vientre, fueras macho o hembra, con una dedicación sospechosa. ¿Te metieron mano en las partes? ¿Te rascaron las ingles como quien se rasca la oreja? Se acabó. Las manos cruzadas sobre el pecho a menos que prefieras soltar un sopapo directamente a la cara del maître, oficio llamado a la extinción. ¿Libro u hoja de reclamaciones? No quedan. No hay reclamaciones que formular ni otras hojas que las de los rábanos que, al ser servidos a la mesa, reconoceremos lo que son, crucíferos fusiformes destinados al entremés, y no artilugios mas o menos eróticos diseñados por el chef de moda. Todo mas discreto, pequeño, soportable y humilde como el mandil, y razonable como un trapo de cocina, y económico como una bolsita de chufas o pipas de las de antes. Y así, esta desaceleración económica no llegará nunca a ser una crisis de verdad  como aquella de 1929, cuando los mas altos ejecutivos se lanzaban por las ventanas de los rascacielos neoyorquinos en mangas de camisa y sin pantalones, como si fueran pasquines inútiles al atardecer.




Fuente: Gastronomía
  
 
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