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24/10/2007 Rossana y sus fantasmas   


En cada vida hay desde muy pronto demasiados muertos acumulados, y demasiados fantasmas juntos revoloteando alrededor para complicarnos la existencia. ¿Por qué no desaparecieron ya? ¿Por qué vuelven a angustiarnos? ¿Qué pretenden? ¿Reavivar nuestra culpa? ¿Empujarnos  a lugares a los que no deseamos ir?
Todos llevamos una doble y engañosa contabilidad de la memoria que registra escrupulosamente nuestras entradas y salidas emocionales. Ganancias y pérdidas. En un libro anotamos los recuerdos que podríamos llamar luminosos. Y aquí el saldo es positivo. Pero en el otro libro de contabilidad solamente acumulamos la pérdidas afectivas. Las suspensiones de pagos. Nuestras quiebras emocionales. Son balances ruinosos para nuestra economía o equilibrio interior. O por lo menos así nos lo parece.
Y es curioso. Creemos con demasiada frecuencia estar arruinados para siempre. Pero, ¿quién no nos dice que esa ruina no es mas que un delirio pasajero? ¿Qué es un delirio?

En la obra de Rossana Zaera hay muchos fantasmas. Hay momias. Hay una casa de tres plantas y una abuela invisible que sirve dulces en platos de cristal tallado. Hay una cama vacía. Un colchón doblado. Hay ausencia. Todo es ingrávido y transparente: la casa, los platos, las momias (a pesar de estar embalsamadas), el aire  que lo envuelve. Somos ahora seres flotantes, sin cuerpo, en el delirio de una exposición de pinturas y de objetos que no están aquí. Creemos imaginar lo que vemos. No vemos mas que nuestro propio recuerdo. Un desfile de la memoria y de la muerte, porque la memoria es eso: la resurrección del pasado que ya exhaló su último aliento. Y nos falta el aliento para soportar, sí, el placer  que ante el arte se obtiene renunciando al mismo principio del placer entendido como satisfacción. Es un placer teñido de inquietud. Es una especie de desasosiego nostálgico. O de  una melancolía residual perfectamente soportable. Pero incluso siendo así, en esta exposición debemos quitarnos las gafas de Pessoa y no suplicar que alguien nos las ponga para ver más allá de lo que nos corresponde ver: por favor, no se las lleve, quiero morir con ellas,  suplicó a la enfermera el moribundo escritor ya en el hospital. Sólo así podía cerrar los ojos y morir detrás de aquellas gafas  transparentes como los platos ahora llenos de dulces de la abuela de Rossana, momias dulcificadas de todos los muertos familiares.
No sabemos, ni importa demasiado saberlo, si en este delirio se trata de fantasmas como humo blanco o de momias con vendajes y escayola, pues tal vez estemos entre momias fantasmales o, por qué no, fantasmas escrupulosamente momificados. Para mí esta exposición es un gigantesco mosaico de sarcófagos en las entrañas de unas pirámides faraónicas alrededor de las que galopan dromedarios que acarrean minúsculos  manjares para toda la eternidad.
Y ahora empecemos por la casa. Las tres plantas. Nada en la primera. Era la entrada, el arranque de la escalera.  Pero la abuela ocupaba el segundo piso y era allí donde preparaba pasteles y donde ponía los platos de cristal tallado, algunos diminutos como para un juego, pero nada de todo aquello era un juego. Como tampoco es un juego ese conjunto de dieciocho apuntes, o naipes,  entre los que aparece una espada roja. Es la espada de un fantasma amenazante a ciertas horas de la noche, cuando tú mismo te vuelves transparente en tus propios sueños.
Y el caso es que Rossana Zaera se siente obligada a pintar la espada roja para que deje de amenazarla. Conjura, pues,  al fantasma y, como propone en su texto Julia Franch, de este modo ya será posible “sacar a la luz nuestros fantasmas, abrazarlos y dejarlos marchar”.
Pero ellos persisten. Y vuelven. Si no volvieran no habría vida, y no habría inspiración para una obra. Dan vueltas alrededor de la casa de tres plantas. Y la casa no es mas que  el yo del artista. Fue precisamente Louise Bourgeois, a punto de cumplir cien años,  quien confesó que “la memoria es  una forma de arquitectura”.
Los cimientos de esta casa de Rossana Zaera  profundizan en el recuerdo de una infancia marcada por la enfermedad y también por la muerte, aunque ambas (la pérdida de la salud, la pérdida de la vida)  transforman lo aparentemente lúgubre en luminoso en las piezas de toda una obra transparente en simbolismos. Lo autobiográfico conforma una arquitectura minimalista y funcional, aunque no sé si éste es el término indicado para resaltar la simplicidad de los dulces-momia, por ejemplo, piezas que sugieren sabrosos bombones de chocolate blanco, y  que uno imagina multiplicándose por ósmosis, invadiendo  la casa de arriba abajo, una casa  en cuyo tercer piso  hay una sola cama vacía, un colchón plegado, un enfermo ausente -un padre joven, tan  solo tenía 42 años- y la imagen fija de la niña subiendo deprisa las escaleras para verlo, ya tiene el remedio en sus manos, es un remedio con el que sabe que lo va a curar, no va a permitir que su padre muera tan pronto, y que no la lleve de paseo nunca más cogida de la mano, cuando ella, mas que otras niñas,  necesitaba el apoyo de su mano para caminar:

    “(…) Él quería que me fuera, lo comprendo ahora, y para evitarme tanta tristeza no dijo nada (…) Subí las escaleras llena de felicidad. Desde la calle había visto que todas las ventanas estaban abiertas. Las subí y entré en la casa, y entré en la habitación. Pero la habitación estaba vacía. La han limpiado y se lo han llevado todo. Ni sus medicinas en la mesita. Ni sus zapatillas. Sólo el colchón doblado encima de la cama que deja ver el somier. (…) Me duele mucho el pecho (…) Estoy de pie frente a su cama”.


La obra gira en torno a una idea. La idea en este caso es la imagen o asociación de imágenes de un recuerdo que a su vez se fragmenta en más recuerdos.
Sólo en  este sentido la obra de Rossana Zaera es una memoria plástica y transparente de su existencia. Son los fragmentos entresacados de su doble y misteriosa contabilidad emocional. De su lucha, de sus miedos por ser inmovilizada en manos de los fantasmas que ella comprime, ella reduce a la mínima expresión como si se tratara de aquellos pequeños dulces heredados de su abuela, tal vez los dulces ofrecidos a los parientes y amigos que acudieron a la casa de bronce para expresar el dolor por la muerte del hombre a quien ella iba a curar.
Es, pues, una obra artísticamente valiosa porque es auténtica.
Es un homenaje, y no tanto un duelo, al padre.  No hay duelo. No puede haberlo. Ni tampoco hay que desearlo. Su obra es deudora de aquella desdicha inevitable. Es una obra tierna, poética y sobre todo sincera.



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