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25/6/2006 La milla de Oro    Viaje de Cercanías
De tarde en tarde, siempre menos de lo que me gustaría, me reúno para charlar de lo divino y de lo humano con un buen amigo alemán, corresponsal de prensa durante décadas en España, a quien conozco desde los años setenta. Tiene casa en Moraira. Ha vivido en muchos países y ha escrito infinidad de artículos sobre ellos. Su visión del mundo siempre me sorprende y me interesa. No tiene prejuicios, aunque sí debilidades como la astronomía, la música y la navegación a vela. Además es un enamorado de España. Por eso cuando hablamos de España lo que dice mi amigo alemán lo tomo en cuenta. Cuando vivía en Madrid asistía con otros corresponsales de prensa extranjeros a los almuerzos que, desde el Príncipe hasta los presidentes del Gobierno, compartían con los periodistas para hablar con ellos off the record. De manera que en cada momento estaba perfectamente informado de los entresijos de la vida política. En cierta ocasión abordó al Príncipe en una sobremesa y le preguntó si recordaba un momento de su infancia que yo describí en mi libro Alabado sea yo, en el que la Reina le pegó una bronca cuando él, el príncipe Felipe, se puso a llorar de miedo mientras nadaba en el delfinario de Palma de Mallorca. Yo asistí a la escena. Me percaté de que la Reina era una mujer dura y una madre severa. ¿No se había arrojado a la piscina de los delfines por voluntad propia? Pues entonces el niño tenía que apechugar con las consecuencias. Pero el Príncipe, que escuchó atentamente al periodista alemán, no recordaba el incidente. Eso sí, se tomó nota de mi libro. Dijo que lo pediría. Y ahora, muchos años después (esto ocurría durante la enfermedad de Franco, cuando Juan Carlos fue jefe del Estado provisional), ahora, digo, estábamos comiendo en un restaurante de la llamada Milla de Oro, ese trozo de carretera con camiones y grúas desfilando a perpetuidad entre Calp y Moraira. Teníamos el mar delante de nosotros y a los lados había unas cuantas mesas ocupadas por algunas personas conocidas. Había un notario local, de estos que se hacen millonarios en poco tiempo en las plazas turísticas, con camiseta negra, gafas de sol negras y arroz negro en el plato. Llevaba reloj como de pared en la muñeca, y conversaba con un par de hombretones que, por su aspecto, deberían dedicarse al negocio del ladrillo. En otra mesa, un edil de un pueblo vecino y otros señores con apariencia de promotores de obras jalaban de lo lindo. Era mas fácil encontrar a un Ayuntamiento en pleno en los restaurantes de la Milla de Oro que en sus respectivos negociados municipales. Los alemanes, dijo mi amigo alemán, se están marchando de la costa. Muchos de ellos venden sus casas porque no sólo los precios han subido disparatadamente sino que además no se fían ni un pelo de que se cumplan las leyes. Más de uno ha visto cómo los agentes urbanizadores han partido un chalé por la mitad y cómo los alcaldes han hecho la vista gorda. Que Europa exija un respeto es algo que les trae sin cuidado. Primero haces el negocio y luego que vengan las reclamaciones, de Europa o de la China. Eso da igual. En cambio, el sitio que deja libre un alemán lo ocupa un inglés porque los ingleses no miran tanto a Europa. Miran el sol. Y como la libra esterlina está alta, compran lo que venden los alemanes. Luego, veremos. Los ingleses viven al día. Y si un día la Milla de Oro se subasta a la baja en el mercadillo de todo a cien, ellos estarán en primera fila para quedarse con los saldos. Sin embargo lo que más le preocupa a mi amigo alemán no es el suelo y el paisaje, que ya los da por perdidos, sino estas barbaridades políticas del PP que enfrenta a unos españoles con otros con el único propósito de volver al poder. Mi amigo recuerda una de las primeras apariciones públicas de Zaplana después de perder las elecciones. Zaplana anunció que su intención era acabar con Zapatero. Y para lograr eso todo vale. En Alemania cuando los medios informativos citan, por ejemplo, al periódico El Mundo lo califican de conservador. ¿Se considera Pedro J. conservador? ¿Qué conserva? ¿Y Melchor Miralles?, se preguntaba mi amigo. Eso por no hablar de La Razón o de Abc. ¡Lo que hay que hacer para tener lectores! Allí, en Alemania, esta variedad de prensa escrita o hablada -de la que apenas quedan restos- se denomina Kampf Presse, prensa de lucha y de ataque. Prensa, sobre todo, manipulada desde los mismos titulares. Una prensa que propicia la división y el enfrentamiento civil de la sociedad. ¿Qué se le ha perdido a Camps en la manifestación del otro día en Madrid?, se preguntaba mi amigo alemán. ¿No tiene bastante con el Papa, el Opus y las familias católicas reunidas bajo la carpa de cemento armado y bien armado de Calatrava? ¿Cree también Camps que ETA fue la mano negra de los atentados del 11 -M? El Papa los perdonará a todos, uno a uno. Las familias ya pueden pedir al cielo algo de luz y, de paso, que esos políticos a los que todavía algunos votan dejen de mentir como bellacos. Hablamos, por último, de las revelaciones personales del juez Grande-Marlaska hechas en una memorable entrevista de Rosa Montero y publicadas en este periódico. Mi amigo alemán exclama: ¡Adónde han llegado las cosas en España! Pero no lo dice escandalizado. Al contrario. Aplaude, como yo y tantas otras personas, el coraje de un juez estrella de la Audiencia Nacional que se ha casado por la ley con un hombre al que llama marido. Esto flipa en Europa, naturalmente, pero no espanta a los demócratas de ningún país como lo hace la macabra cúpula del PP con sus golpes bajos. Cuando llega el café, que trae una camarera rumana que habla español casi como Manuel Seco, ya hemos agotado los temas del momento. Algunos empleados centroamericanos buscan la sombra y los papeles. Pero la Milla de Oro no es más que esto: especulación del sol, fajos de billetes de 500 euros, destrucción sistemática del paisaje, grúas, volquetes y cemento, restaurantes caros y unos turistas primerizos con el pescuezo bien quemado.

Fuente: El País
  
 
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