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10/6/2006 Moscú en mi Diario    Viaje de Cercanías



3 de junio

Cuando estuve hace diez años en Siberia, Sasha y yo entramos en una agencia de viajes para comprar billetes de avión pero lo único que vendían al final de una larga cola eran huevos de gallina. Estos mismos huevos te los tiran ahora a la cara en las calles de Moscú si no cedes el paso a los Mercedes de los nuevos ricos. Los atascos de tráfico son enormes. Hay una mezcla de lujo y hostilidad. Además resucitan al unísono a Stalin y a Jesucristo. Los comunistas reivindican al dictador. Los ortodoxos a Cristo. Algunas estatuas podrían volver a las plazas.
En el cementerio de Moscú conservan el busto del primer amor de Stalin. La desdichada se suicidó. Y Stalin fue eliminando uno a uno a todos los miembros de su familia. ¿Cómo se atrevió a dejarlo solo?
A Sasha le embistió el otro día un jubilado que le hizo polvo el coche. Se saltó un semáforo en rojo. No tenía seguro. La reparación en un taller ilegal le costará dos mil euros. La mitad que en un taller legal. Porque lo legal es caro. La nueva ley es la suprema ley de la oferta y la demanda. No hay otra. Los anuncios azules del Citybank ondean en todas partes como antes ondeaban las banderas rojas con la hoz y el martillo.
Muchos restaurantes y muchos comercios están abiertos 24 horas al día. Moscú no cierra. Ni para. No se da un respiro. No hay horarios. Pagas y te sirven. Reconstruyeron muchas iglesias, entre ellas la enorme catedral que durante cincuenta años fue una piscina pública. Popes con voz de trueno imploran piedad cuarenta veces seguidas. Si pudieras sentarte caerías en el sueño mas profundo hipnotizado por las plegarias. Pero en las iglesias rusas no hay asientos. O de pie, o de rodillas.

4 de junio   
U policía viene hacia nosotros porra en alto. Sasha se asusta. ¿Qué hizo mal? Estamos en un atasco. El fin del mundo será un atasco de autobuses y de camiones oprimiendo a los Jaguars,  Bentleys y Ferraris. Así lo imagina Sasha. La lista de espera de Ferrari es tan larga como las antiguas colas del pan. Sasha saca su documentación por la ventanilla pero el policía no quiere papeles. Quiere felicitar a Sasha por llevar abrochado el cinturón de seguridad. Eso era todo. Nadie se pone el cinturón de seguridad. Sasha sonríe con una mueca  kafkiana. Al jubilado le impondrán una multa de 100 rublos (tres euros) por saltarse el semáforo en rojo. Su pensión es miserable. No le alcanza para tener un seguro contra terceros.
Vamos a la Universidad donde los recién casados se hacen la foto de boda. Llevan vodka y se emborrachan. Los jóvenes no saben que la Universidad fue construida por presos. Como nuestro Valle de los Caídos. Los jóvenes gritan ¡gorko, gorko! (significa amargo) y entonces los novios se besan dulcemente  hasta la asfixia.

5 junio

No esperaba encontrar en la biblioteca de Sasha  un volumen de poesía española editado en los primeros años de la victoria. Leo un poema de Gerardo Diego alabando a José Antonio. Y otro de Manuel Machado ensalzando a la Falange. Esto me trae a la memoria una tarde en Valencia cuando asistí a una lectura poética del mismo señor Diego, hace ya muchos años, quien declamó sus versos sin sacar la mano del bolsillo de su chaqueta, con la voz atiplada y trémula. Me salí antes del final. Ahora me alegro.
En Moscú hay 25.000 perros sin amo y sin fuerzas. Perros vagabundos. Siempre te sigue un perro por la calle. Bajas al metro y el perro baja contigo. Doblas una esquina y el perro la dobla detrás de ti. Algunos forman al final una manada. Nombran jefe y defienden su territorio. Si están enfermos de rabia, como si están muertos de hambre, a las autoridades no parece importarles mucho. Y a la población tampoco. Los nuevos ricos que vacían los escaparates de las grandes marcas, compran perros muy esbeltos, dálmatas o galgos rusos, y les ponen collares de Vuitton.
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6 de junio

Preparo la conferencia que pronunciaré mañana en el Insitituto Cervantes. Hablaré de mis Diarios que son como esas muñecas rusas de madera que siempre tienen otra muñeca dentro, y otra, y así hasta que ya no hay espacio para meter ninguna más. Escribes una cosa y luego te adentras en eso mismo que has escrito y vas tejiendo una historia que no es mas que la historia de tu vida, y de otras muchas vidas. En realidad un Diario tal como yo lo entiendo es una autobiografía directa e ininterrumpida. Por ejemplo, en el regreso de mi último viaje a Nueva York vine sentado junto a un anciano de 99 años que me contó su vida. Ahora tenía que abandonar los Estados Unidos para acabar sus días con un sobrino ya que no le quedaba nadie mas en su familia. Había estado en el FBI para que le extendieran un certificado de buena conducta, o algo así, que ahora necesitaba entregar a las autoridades españolas a fin de obtener el permiso para vivir (mas bien para morir) en nuestro país. Su vida, me dijo momentos antes de quedarse dormido como un bendito, se le había pasado en un soplo. Lo observé dormido y parecía estar muerto. Me dije: ¿Seré yo este mismo hombre dentro de treinta años?. Teníamos la misma gran nariz. Unas manos muy parecidas. Y en su expresión pude, o quise, reconocerme.

7 de junio
En el libro de firmas del Instituto Cervantes encuentro la de Paco Brines. La de Javier Cercas. La de Carlos Marzal. Unos han escrito frases. Otros han hecho dibujos seguramente en presencia del director del Centro, un tipo dinámico llamado Victor Andresco. Me cuentan que a Brines le perdieron la maleta al llegar a Moscú y tuvieron que comprarle camisas y calzoncillos en Zara. Y a Javier Cercas, el de los Soldados de Salamina,  le robaron la cartera en la calle. Y Cercas se enfadó mucho aunque luego aprovechó el incidente para un artículo en El País Semanal. El novelista fue víctima de unos timadores que utilizaron el conocido truco de la cartera encontrada en la acera llena de billetes.  Cercas picó.
En mi charla no hablé yo sino el anciano casi centenario del avión. Contó la verdadera historia de un doble imaginario. Y también hablé de mis encuentros con el poeta Joseph Brodsky, dos de ellos cuando estaba vivo en Nueva York y el último hace muy poco en el cementerio de Venecia, donde su tumba no tiene flores sino lápices y bolígrafos. Una señora se levantó entre el público para decir que ella conoció a Brodsky. Llevaba en el alma a este poeta ruso como una herida abierta. Como si fuera rusa. Porque ella también tuvo que emigrar siendo muy niña. Era una niña de la guerra que a los doce años, poco antes de que Guernika fuera bombardeada, sus padres la pusieron a salvo. Le dieron un cuaderno y una muñeca, y la mandaron a Rusia. Sus padres perecieron bajo las bombas de Hitler solicitadas por Franco. La señora estaba emocionada. ¿Podía leer un poema que había escrito en homenaje a su ciudad? Lo sacó del bolso. No encontraba las gafas y lo recitó de memoria. Era un poema muy auténtico y hermoso que aplaudimos todos con respeto.



Fuente: El País
  
 
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